Julio Malo de Molina - OPINIÓN

Soldaditos de plomo

Los soldaditos de tío Alberto no matan, nada que ver con las tragedias que nuestra generación ha podido presenciar

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A mí no me llegaron, nosotros jugábamos con cow boys, indios, piratas y vikingos de plástico, «de goma» decíamos; nuestros hijos disfrutaron ya los playmobil y los lego, un tipo de juguete más sofisticado. Pero siempre recordaré cuando en el sótano de mis abuelos en la madrileña Colonia del Viso, tía Maruja abrió uno de esos enormes armarios con intenso y delicioso olor a alcanfor y extrajo una caja de cartón primorosa y amarillenta que me pareció cofre de un fascinante tesoro. Dentro, una bellísima colección de soldaditos de plomo, de los años veinte o treinta. Eran de tío Alberto, hermano chico de mi padre, muy diferente a él aunque ambos fueran ingenieros y de la derecha liberal. Mi padre era alto, grandullón y muy velludo; un piojo podría pasear desde su cabeza a la planta de los pies sin pisar suelo, digo piel. Tío Alberto era menudito y bajo, con cara de discreto intelectual; humilde, cariñoso y callado, él decidió entonces regalarnos ese tesoro a mí y a mi hermano Jose. Aún conservo parte de tan delicioso botín; para algunos sicólogos del conformismo, el apego a la niñez representa una patología asociada a la presunta incapacidad de madurar; lo cual se me antoja una conjura de los necios para reprimir el referente liberador de nuestra infancia insumisa, y así justificar con resignación la dimisión del riesgo, la entrega a la competencia y la traición a la generosidad.

Ese olor a alcanfor y las piezas de plomo pintadas a mano en vivos colores constituyen mi particular magdalena de Proust. Ya resulta difícil recuperar ese aroma, el alcanfor está proscrito en España y otros muchos lugares, cual droga perniciosa; pero aún puede encontrarse en las farmacias paquistanís del Reino Unido y también en Brasil, según mi buen amigo Luis Mora Figueroa se trata de la única protección eficaz para libros contra la acción de diminutos devoradores de letra impresa, como ese miriápodo que se conoce en Cádiz como «cortapichas», por las pequeñas tijeras que presenta en su cola, tal vez para trocear el papel que engulle. Soldaditos antiguos semejantes a los de tío Alberto pueden encontrarse con facilidad en los mercadillos callejeros donde se entremezclan trastos y joyas, en cada ciudad hay uno o varios: rastros, encantes, flea markets, baratillos de Cádiz; no debe visitarse una ciudad sin disfrutar de ese placer imprescindible, saludable alternativa al consumo en grandes superficies o pequeñas franquicias.

Los soldaditos de tío Alberto no matan, nada que ver con las tragedias que nuestra generación ha podido presenciar: Vietnam, Bosnia, Siria. Porque como canta Ismael Serrano: «las bombas siguen cayendo sobre quien habla de más». Tampoco dan golpes de estado, triste plaga que hasta hace poco asoló a España y a los estados surgidos de su imperio colonial. Sostenía el catedrático Leopoldo Torres Balbás que esta desafortunada tradición tiene que ver con nuestras raíces islámicas, pues para los cristianos el poder dimana de Dios, pero no así para la religión del Corán, según la cual Dios es ajeno a los poderes terrenales. Con el racionalismo, la idea de Dios se sustituye por la soberanía popular, pero no se concibe la toma del poder por el uso de armas, menos aún las que portan los soldaditos de plomo. Por cierto, en Cataluña se habla de golpe.