Francisco Apaolaza - OPINIÓN

El salvavidas de Pamela Anderson

Los auroros de Puigdemont han viajado hasta Bruselas a cantar ‘Els Segadors’ porque ir a la cárcel sin música es como ir por la vida sin amor.

Francisco Apaolaza
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Los auroros de Puigdemont han viajado hasta Bruselas a cantar ‘Els Segadors’ porque ir a la cárcel sin música es como ir por la vida sin amor. Camino de Capital Desengany tuvieron que facturar el bastón de mando. Toda herramienta del poder tiene peligro según cómo se utilice. Hasta ‘Els Segadors’ cuenta la historia del Corpus de Sangre de 1640 en el que los labriegos le dieron un nuevo uso a las hoces: «Afilemos las herramientas/ que tiemble el enemigo/ al ver nuestra bandera».

Un bastón es la belleza de la resistencia y la calma de lo estable. Milena Busquets hablando del de Jorge Herralde dice que un cayado es el objeto más bello, elegante y digno con el que uno se puede desplazar. El secesionismo considera suyos los bastones de todos, porque los símbolos son lo que queremos que sean. Incluso son siempre lo que ellos quieren que sean.

Desde la experiencia de alguien a quien le han partido en la cabeza el palitroque de un cartel a favor de ETA declaro que lo que hace daño no es el símbolo; es la velocidad. Todo es relativo. Hace unos años a mi Elenita y a mí nos paró la policía de Heathrow porque nos habíamos traído de África en el bolso de mano un bastón de mando masai, que no es otra cosa que una maza con carga simbólica como para aplastar el cráneo de un león. El agente me miró muy serio:

–Me va a decir usted que esto es un instrumento musical o me lo tendré que quedar.

–Entonces es un instrumento musical –respondí–.

–¿Y cómo se usa? –repreguntó él–.

–Pues dándole a un tambor, así. Tam-tam-tam.

-Espero que nunca le haga nunca tam-tam en la cabeza de su mujer –dijo, sonrió y nos dejó pasar–.

Adelantada la cuesta de enero de la realidad y abandonada ya toda posibilidad de siquiera intentar una independencia práctica, el Govern pelea ya solamente el plano onírico de los emblemas donde cualquier cosa puede ser cualquier cosa. Sin fronteras, sin policía, sin pela para construir un país, sin cargo, sin reconocimiento internacional, sin ganas incluso de meterse en más líos, a Puigdemont le quedan el pelazo, el teléfono de un buen abogado y dos centenares de alcaldes con vara. En su imaginario inconquistable viven Franco, los bastones, Lluis Llach de joven, ‘Els Segadors’ y la foto enmarcada de un madero arrastrando a una paisana en la puerta de un colegio. También una versión dictatorial de España en la que nadie cree. De himno en himno, el Govern pasea a los ediles por el mundo cantando ante las cámaras como si fueran el Orfeón Donostiarra. Son absurdos, pero tan bellos. Deben de tener ya el brazo derecho cuatro centímetros más largo que el izquierdo de tanto sacar el palo de casa. Un día de estos se lo van a dejar en un bar.

Quieto todo el mundo: entra en escena Pamela Anderson que con Assange, Yoko Ono y Karmele Marchante cierra una deliciosa cuadrilla para emborracharse en un karaoke. Pam es también un emblema. Lo advirtió Marylin: «Si hay que ser símbolo de algo, que sea del sexo». La vigilante retirada de la playa ha escrito un post sin mayúsculas como si fuera e.e. cummings en el que se queja de que ‘The PP’ les mostró un ‘finger’ a ‘people’ catalán y que eso no puede ser. Hay que reconocer que, verticalmente derecho entre el bosque fálico de bastones del poder indepe, el salvavidas que blande Pamela resulta una flor encarnada, exótica y hasta cierto punto refrescante.

FRANCISCO APAOLAZA