Hoja Roja

Saltar la reja

Cuatro proyectos, a cual más disparatado, conforman la propuesta que la Autoridad Portuaria ha puesto sobre las paredes

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Hay una generación de españoles –puede que incluso sean dos generaciones- que crecimos haciendo murales y maquetas. Se suponía que era una manera de aprender visualizando los conceptos, y aplicando la cosa aquella de las escalas para las que soy, dicho sea de paso, una absoluta negada. El caso es que en nuestra tierna infancia, hicimos maquetas de casi todo, usted también, porque no contentos con hacernos recortar y pegar piezas en las aulas, en casa nos obsequiaban con reproducciones recortables de catedrales del mundo, de puentes colgantes y monumentos espantosos, con las que –encima- pretendían entretenernos. Así estamos, y así se explican muchas cosas.

Así se explica, por ejemplo, esa pulsión obsesiva por los paneles y las maquetas con los que las administraciones presentan cualquier proyecto, anteproyecto o idea peregrina. Todas bajo el denominador común de lo mismo da, que da lo mismo. Uno mira los murales y los prototipos, y luego comprende el larguísimo trecho que va del dicho al hecho, si es que alguna vez se llega a materializar alguno de los diseños que se presentan. Porque de lo que pudo haber sido y no fue, existe un catálogo enorme en esta ciudad. Proyectos que no pasaron del cartón y que forman parte de una ciudad imaginaria e imaginada por las mentes preclaras que nos han gobernado. Ejemplos hay, como le digo, muchísimos. Desde un helipuerto, a un cementerio flotante –lo de los palafitos en mitad de la bahía, ¿se acuerda?- pasando por los “hitos” que algún concejal quiso construir en la entrada de Cádiz –los hitos iban de comparsa de un Palacio Metropolitano de Espectáculos, del que nunca más se supo-, o los siempre recurrentes acuarios y la playa de la Alameda. Con los proyectos irrealizados de esta ciudad se podría confeccionar la auténtica antología del disparate urbanístico en paneles y maquetas.

No es nuevo, ya le digo. Algún alcalde tardofranquista quiso tirar la parroquia de San Antonio, por vieja, y poner en su lugar un hangar tipo Kiko Argüello, además de arrasar todo el frente isabelino de Canalejas –todavía se llamaba Canalejas- para construir rascacielos. En el Archivo Histórico Municipal están los planos, no me invento nada. Porque para invenciones, ya le digo, tenemos donde elegir. Y desechados los proyectos en torno al castillo de San Sebastián, los de la plaza de Sevilla e incluso los del recinto exterior de la Zona Franca, nuestros políticos han puesto –una vez más- sus misericordiosos ojos en esas trescientas hectáreas que según dicen serán la solución de todos nuestros males. Integración del puerto-ciudad, lo llaman. Y lo han hecho realidad –una vez más- de manera virtual en unos paneles fantásticos. Murales de toda la vida, vamos.

Cuatro proyectos, a cual más disparatado, conforman la propuesta que la Autoridad Portuaria ha puesto sobre las paredes para que nos vayamos haciendo a la idea. Una propuesta que esta vez, parece haber puesto de acuerdo a todas las administraciones, y a buena parte de la ciudadanía, pero que no deja de ser eso, una colección de murales.

Porque dejando a un lado los condicionantes geográficos de la zona en cuestión –no volveré a decir que está lejos, pero es que lo está- y dejando a otro lado los condicionantes económicos, los proyectos presentados son dignos de estudio. Cada uno por separado, o los cuatro juntos, con esos muñequitos felices y esas norias y esas bicicletas de mentira, que son, en palabras de la urbanista Teresa Bonilla “una proyección simbólica de que la ciudadanía se adueña de este espacio”. El primero de ellos plantea la creación de un “centro de alto rendimiento, una escuela de buceo y la construcción de una piscina”, tres equipamientos, como todo el mundo sabe, muy necesarios en nuestra ciudad. El segundo propone un parque temático dedicado al carnaval “complementario al museo que se proyecta en la Torre Tavira” –complementario, y lejísimos, claro- y la construcción de hoteles “con casino incluido, siguiendo el modelo de Las Vegas” -ahórreme el comentario.

En el tercero, se incluye la construcción de viviendas y alojamientos para “estudiantes e investigadores” [sic] y el pelotazo de un Museo de la Navegación y Comercio de Indias “potentes” –excúseme el entrecomillado, pero la ocasión lo merece- signifique lo que signifique potente en ese contexto. Y el cuarto, que en principio me parece el más razonable pero el menos deseable, apuesta por la construcción de viviendas, convirtiendo la zona en un nuevo barrio para la ciudad. Los cuatro, por supuesto, presentados como “el mayor reto urbanístico de las próximas décadas”. Y tanto.

No es la primera vez que nos cuentan esto. Ni siquiera que lo vemos panelado. A lo de la ciudad virtual ya estamos más que acostumbrados. Y a lo que ocurre después, también. Porque los propios responsables ya apuntaban esta semana, la imposibilidad de materializar el proyecto si no hay un inversor con capacidad suficiente; es más, en un ataque de sinceridad sin precedentes, se conformaban con que el proceso haya servido “para que tres administraciones trabajen juntas; para que la gente se entere de lo que está sucediendo y participe; para que se formen técnicos que seguirán con este proyecto”. Para eso.

Y yo que pensaba que iban a tirar la verja del muelle. No tengo arreglo, ni esta ciudad, tampoco.