Ramón Pérez Montero

Retorno Ramón Pérez Montero

Aprovechando los últimos días de vacaciones cruzo el Estrecho. Paso unos días en Arcila (o Assilah), hermosa localidad costera a pocos kilómetros al sur de Tánger

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Aprovechando los últimos días de vacaciones cruzo el Estrecho. Paso unos días en Arcila (o Assilah), hermosa localidad costera a pocos kilómetros al sur de Tánger. Si hubiese una carretera, mal que fuese una general, que conectase a mi pueblo con esta villa marroquí tardaría poco en recorrer en coche los aproximadamente cien kilómetros que en línea recta nos separan. Pero este viaje supone en tiempo revertido alrededor de cincuenta años. El tiempo que mi memoria necesita para retornar a los días de mi más temprana infancia.

En aquellos primeros años de mi vida nuestro país no pertenecía aún al Primer Mundo. No teníamos todavía sitio en esta mesa donde ahora los países desarrollados nos dedicamos a apurar hasta los últimos recursos del planeta, condenando a la hambruna no sólo a los demás habitantes de la Tierra, sino también a nuestros futuros descendientes. La vida de la gente de Arcila me retrotrae al tiempo en que en mi pueblo también se vendía el pescado improvisando un mostrador con las mismas cajas de transporte y la gente lo llevaba envuelto en papel de diario. El tiempo en que mi madre me mandaba por garbanzos o lentejas a granel a la tienda de ultramarinos. Cuando, al ir a comprar el pan, el panadero lo manipulaba con las mismas manos desnudas que lo habían fabricado, cuando se acudía a la tienda por dos panillas de aceite con la botella ancestral consagrada a ese uso. Un tiempo en que todavía el tiempo no se había declarado enemigo nuestro y la vida discurría, como en Arcila, con la calma que exige el propio respeto a la vida.

No voy a dejarme arrastrar por esa ingenua añoranza que acaba declarando que cualquier tiempo pasado fue mejor. Mal que nos pese en general somos esclavos del lugar y de las circunstancias que nos tocan vivir, y en mi caso no estoy ya para la aventura romántica de mudarme a latitudes de vida más sosegada. Pero esto no me impide sentirme cómplice, o cuanto menos colaborador necesario, de este crimen que estamos perpetrando contra los seres humanos a los que robamos su futuro y contra las futuras generaciones que vamos a traer al desierto en que acabaremos convirtiendo este planeta.

Ahora adquirimos, convenientemente refrigerado y con todas las garantías sanitarias, pescado de engorde o los últimos ejemplares de los caladeros agotados. Con guantes de plástico cogemos un pan de urgencia al que se le ha arrancado el sabor del trigo. Nos dejamos seducir por el esplendor visual de las frutas y verduras que se nutren de los últimos acuíferos subterráneos. Devoramos la carne de animales hacinados cuyo precio es preciso valorar con el daño que recibe la Tierra por cada kilo producido en forma de emisiones a la atmósfera de dióxido de carbono y de metano. Disfrutamos de una tecnología digital que bebe de la sangre de los hijos de las tierras productoras de las materias primas necesarias para su fabricación.

He visto sufrimiento y he visto alegría dibujados en las caras de las gentes de Arcila, porque tanto la alegría como el sufrimiento son los pliegues de la vida. En nuestro mundo a sólo cien kilómetros de distancia, pero separado cuando menos medio siglo en el tiempo, también veo gente que sufre y que es feliz, porque toda nuestras prisas y todo nuestro progreso tampoco nos garantizan el estado de dicha permanente. ¿Merece nuestra calidad de vida el precio de la destrucción del Planeta?

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