HOJA ROJA

Pierre Nodoyuna

Como usted, soy de la primera generación consumista de este país;

Yolanda Vallejo
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Como usted, soy de la primera generación consumista de este país; esa generación del baby boom de los años setenta acostumbrada desde la cuna a «comprar» por el puro placer de eso, de comprar. Hijos del desarrollismo, fuimos las primeras víctimas de la televisión, de las marcas, de la moda y de la tecnología que entraba por cualquiera de las ventanas, aún medio abiertas, de un país que se reinventaba ocultando su verdadera identidad bajo un disfraz chungo de progreso y de modernidad. Generación del 78, quieren ahora llamarnos, o generación EGB, o generación de pardillos a los que es tan fácil venderles la moto por aquello que le decía al principio. Nosotros lo compramos absolutamente todo.

Compramos incluso la pegajosa nostalgia de un tiempo que, ni fue tan bueno, ni fue tan feliz. Pero da igual; nos ponen por delante a los personajes de aquellos dibujos animados que acompañaban las meriendas de pan con chocolate, y se nos hace la boca agua, y hasta gritamos «campeones, campeones» al coro del Valdés solo porque reconocemos a Vickie el Vikingo, y a su padre Halvar. En fin. De aquellos polvos, estos lodos, y si le hablo del Correcaminos y del Coyote, inmediatamente entenderá usted por donde voy.

El Correcaminos era un pajarraco muy antipático y muy listo, al que el Coyote pretendía dar caza mediante las trampas más absurdas e inútiles, utilizando complicadísimos artilugios de la marca Acme, ¿recuerda? El hoyo portátil, los patines de propulsión a chorro, la banda elástica, el yunque de mil toneladas, la cometa con cohetes... todos funcionaban en la prueba, y todos fracasaban a la hora de la verdad. El Coyote siempre acababa en el fondo de un acantilado, o atropellado por un camión, o estampado contra una montaña. Los de nuestra generación empatizábamos -¡qué palabra!- con el coyote por aquello de las causas perdidas y por ese perfume de adolescentes –que seguimos usando- que ya recordaba el Eclesiastés «quien ama el peligro, perecerá en él». Por eso, y nada más que por eso, somos capaces de reconocer a un perdedor a leguas.

El último Pleno municipal, como viene siendo costumbre, también estuvo patrocinado por la marca Acme. Y eso que lo del Monopoly no iba en el orden del día. Durante la intervención de la concejala Ana Fernández como alcaldesa accidental, lo pudo usted comprobar. Se abre una votación, votan a favor, se olvida de pedir los votos en contra, le recuerdan que así no se hacen las cosas, y ella dice «soy una novata». Vaya por Dios. Cuatro años dura el mandato de alcalde, si no me fallan las cifras –yo soy más de letras– dos años y siete meses son más de la mitad, ¿novata? ¿a estas alturas? También lo pudo usted comprobar cuando, en el turno de intervenciones de las vecinas y los vecinos, y ante la presión de una vecina muy cabreada, el alcalde dijo algo así como «o te vas tú o me voy yo», que habría quedado muy bien en el rellano de la escalera, pero no en el Salón de Plenos, qué le vamos a hacer; equivocarnos, nos equivocamos todos. Mientras la lista de proveedores municipales siga encabezada por la Corporación Acme, seguiremos estando en manos de Pierre Nodoyuna –del que también se acuerda usted, no lo niegue. Y es que nuestro equipo de gobierno, pobre, no da ni una, últimamente.

Y no. No voy a cebarme, porque tampoco se trata de hacer leña con todos los árboles que se van cayendo. Pero sí es necesario hacerse, de cuando en cuando, una analítica, porque a este paso, a estos no los vuelven a comprar ni siquiera los de nuestra generación.

Verá. Lo de la improvisación en Carnaval es un clásico. Lo de no tener el programa de actos cerrado, a menos de una semana, viene siendo lo habitual -el que venga de fuera, pues que de vueltas por las calles y eso, como todos los años, sin saber a donde ir ni qué ver-; lo de no saber nada, lo de no concretar, lo de salir del paso es algo que ya parece instalado en nuestra normalidad. Ahora bien, lo de la «operación de Pepe Gotera y Otilio» es algo que se escapa de toda lógica y que pone de manifiesto, una vez más, la desorganización interna de nuestro Ayuntamiento.

Anunciar autobuses lanzadera desde el muelle de La Cabezuela para evitar la aglomeración de vehículos en la ciudad durante el primer fin de semana de Carnaval y retirar a las pocas horas el anuncio por problemas legales y administrativos, o por discrepancias sobre cómo ejecutar el servicio entre Contratación y Secretaría General, resulta aún más surrealista que si hubiesen ofrecido el servicio de la Catapulta Acme desde el otro lado del puente hasta la Viña.

Dice el portavoz municipal socialista que, en este asunto «alguien se ha querido pasar de listo». Tiene gracia la cosa, no me lo niegue. Lo mismo todo tiene una explicación, y como son novatos, desconocen cuáles son los requisitos administrativos para sacar a concurso público un servicio de estas características, o no se habían enterado, como les ha ocurrido con el Gobierno Militar.

A estas alturas, todo es posible. Incluso es posible que haya una programación oficial del Carnaval. Marca Acme, por supuesto.

Yolanda VallejoYolanda VallejoArticulista de OpiniónYolanda Vallejo