Ramón Pérez Montero - OPINIÓN

Paréntesis

El estrés competitivo que implanta la vida moderna en nuestras vidas está en el origen de la mayoría de nuestras enfermedades

Ramón Pérez Montero
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Nuestra complejidad como seres humanos estriba en el hecho de que estamos constituidos por tres sistemas fuertemente interrelacionados entre sí, pero totalmente independientes los unos de los otros.

Poseemos una naturaleza básicamente orgánica, fundamentada sobre principios físico-químicos. De los procesos igualmente químicos y eléctricos emerge, sin que nadie sepa exactamente cómo, la conciencia que nos hace únicos dentro del reino animal al que pertenecemos y, de esta, la inteligencia de la que dependen nuestra superioridad y también la angustia de sabernos finitos.

Pertenecemos, finalmente, a un sistema social que nos ha procurado el desarrollo del lenguaje verbal y la riqueza cultural que posibilita nuestra privilegiada supervivencia como especie. Nuestra capacidad de amar y de odiar, de reír y de llorar, de componer una sinfonía hasta cometer el más horrendo de los crímenes encuentra sus raíces en el ser social.

Resulta muy complicado compaginar las exigencias de estos tres sistemas que nos constituyen, ajeno cada uno de ellos a las demandas y necesidades de los otros. Normalmente nuestro sistema orgánico, para hacerse oír por la conciencia, tiene que lanzar ese grito de socorro que llamamos dolor, si quiere ser atendido.

Por su parte, el sistema social, que se nutre de nuestra conciencia, se vale de ella en su propio beneficio, sin prestar atención al menoscabo que sus poderosos mecanismos producen en nuestra salud mental.

El estrés competitivo que implanta la vida moderna en nuestras vidas está en el origen de la mayoría de nuestras enfermedades. El teléfono móvil nos facilita la comunicación pero nos impone la servidumbre de no poder vivir sin él. Podrían ponerse otros muchos ejemplos.

Hace ya más de dos años que me decidí a abrir un mínimo paréntesis en el vertiginoso discurrir de la existencia. No es que yo lleve la vida de un broker en Wall Street, pero desde que te levantas cada día comienzas la carrera de obstáculos de la labor profesional, la avería del coche, la compra, la cola del banco, el pago del siguiente impuesto o recibo de no sé qué, las preocupaciones familiares, la falta de tiempo para reflexionar, y así podría seguir enumerando escollos diarios que exigen mucha alerta. En ese desenfrenado discurrir he abierto el paréntesis del yoga.

El yoga, como yo lo entiendo, consiste en aplicar un orden de relación distinta a la habitual entre estos tres sistemas. Por un lado, bajarle el volumen hasta casi silenciarlo al sistema social. De este modo apartas esa fuente de ruido y te quedas solo con la conciencia y el organismo frente a frente. Entre dos, las cosas comienzan a ser ya menos complicadas.

El truco consiste en conseguir que la conciencia lleve a cabo sus funciones sin necesidad del andamiaje social, como puro procesamiento de la energía mental, y que vuelque toda su atención en el organismo. Todos los átomos del cuerpo polarizados, por su parte, dentro del campo magnético mental. De este íntimo entendimiento, cuerpo y mente salen felizmente beneficiados.

Todo lo que gana el cuerpo en elasticidad lo ganan las neuronas en sosiego. La quietud con que se desarrollan los flujos electro-químicos a lo largo de los axones repercute de manera muy positiva en la producción orgánica de las proteínas y hormonas que dan sustento a nuestra vida. Relajando el diafragma henchimos los pulmones y fluye acompasado el pensamiento en un tiempo sin tiempo, abolida la memoria y los proyectos. Se trata, simplemente, de implantar un nuevo orden dentro de nosotros mismos. Ohmmmmm.

Ramón Pérez MonteroRamón Pérez Montero