Francisco Apaolaza

Los ojos de un lobo y la mirada de un cocker

Johny Hallyday, que estudió a las mujeres con pasión científica, se nos marchó esta semana

Francisco Apaolaza
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Cuando tenía 15 años y el cuerpo aún gorilón de un pibe, Johnny Hallyday se puso un traje y una corbata, y entró por primera vez en el Snack Spot de Saint-Lazaire como el que entra en combate. En aquel garito de París se olfateaban las últimas tendencias musicales y las niñas bien de la ciudad aceptaban que les pagaran una ronda cuando no estaban navegando en Saint-Tropez o esquiando en los Alpes, que era la mayor parte del tiempo. Él tenía los ojos de un lobo y el aire desvalido de un cocker. Ellas lo miraron como antes se miraba a un perro. Esa herida lo acompañaría siempre. Dedicaría su vida a conquistar a mujeres de buena cuna, a alcanzar a las diosas inalcanzables como aquellas que se burlaron de él en el Snack Spot.

Hubo muchas mujeres en su vida. La primera de todas fue Sylvie Vartan, ‘la plus belle pour aller danser’, la más guapa para ir a bailar, y vaya si lo era. Hay sueños que solo se conocen con 18 años. Era una mujer para perder una vida. Solo perdieron 15 años, los que van de 1965 a 1980.

Entre 1985 y 1995 el mundo dio un giro enorme. En esos años se casó cinco veces, dos de ellas con la misma mujer. La última fue Laetitia Boudou, una actriz 30 años menor con dos piernas interminables. Ella, que entonces tenía 20 años, comunicó ayer que el cantante había fallecido por un cáncer de pulmón a los 74 después de reinventarse mil veces y de escenificar la apoteosis de la juventud eterna. Hay hombres extraordinarios, pero el tiempo es un atleta imbatible.

Con 15 años, uno no sabe aún que ya está corriendo la carrera de su vida. En esas estaba Jean-Phillipe Smet antes de ser Hallyday cuando se metió en un cine de Pigalle a ver una película. No era una de vaqueros y además, cada vez que aparecía el protagonista, las chicas del cine entraban en una curiosa efervescencia que le molestó. Se fue. Esa noche pensó en qué hacía ese tipo para volverlas locas.

Siempre estudió a las mujeres con curiosidad y método, como un entomólogo y durante su vida escribió en su cabeza un tratado entero. Pasó la noche en vela dándole vueltas a lo que él había hecho mal, a por qué él no. Cuentan que Julio César vio un busto de Alejandro Magno en un templo de Chiclana y se echó a llorar a sus pies porque a su edad ya había conquistado el mundo.

El hombre ha hecho grandes cosas por conquistar una mujer. Yo conozco a uno de Pamplona al que con 15 años le levantaron una guiri por no saber inglés, en Salou, y juró que una y no más. Ahora es un ejecutivo que hace negocios en todo el mundo y habla seis idiomas, cosa que tiene que agradecer más que a otra, a su afición por las chicas.

Estábamos en Johny Hallyday, que estudió por correspondencia pero que aprendía rápido y al día siguiente volvía al cine de Pigalle a observar. En la pantalla apareció Elvis Pressley, movió la cadera y cantó ‘Loving you’. Lo tenía. Salió corriendo por París en busca de partituras de rock&roll. Solo se detenía de vez en cuando a mirar su reflejo en los escaparates. Johny Hallyday fue Johny Hallyday porque vio bailar a Elvis. Qué hubiera sido de haber visto bailar a Miquel Iceta.

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