OPINIÓN

Los ojos de Dios

En esta ocasión, en los premios de LA VOZ se ha honrado especialmente al mundo de la navegación aérea

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Idea que expresa la escritora danesa Karen Blixen en su novela parcialmente autobiográfica ‘Memorias de África’, cuando Denys FInch-Hatton le invita a volar en su aeroplano ella dice que así recibía el mejor de los regalos: ver el mundo con los ojos de Dios. El pasado martes el periódico para el cual me enorgullece trabajar (La Voz de Cádiz- Grupo Vocento) entregaba sus premios anuales, en su XII edición; en esta ocasión se ha honrado especialmente al mundo de la navegación aérea.

De los cuatro premios, dos tienen que ver con la pasión por volar. La Aviación de la Armada Española fue fundada en septiembre de 1917 y por tanto cumple el centenario que justifica este homenaje ofrecido a través de uno de los premios. La Empresa Aeronáutica Airbus, con factorías en El Puerto de Santa María y Puerto Real, recibió otro de los galardones. Cerró el acto la ministra de Defensa María Dolores de Cospedal, con un discurso que a mi juicio podría haber eludido temas de coyuntura política, y en cambio dedicarse más a glosar el reconocimiento publico de las personas y entidades que han sido distinguidas por los mismos. Como esos heroicos pilotos formados en la escuela de Aviación Naval de Barcelona quienes cuando los recortes amenazaron la propia existencia de la aviación en la marina expresaban con orgullo el lema: ¡Vuela, Armada!.

La aviación primero fue sueño de ingenieros, luego práctica deportiva y finalmente ejercicio bélico. Ya en la Gran Guerra las batallas aéreas resultaron decisivas, aún en el marco de una épica que limitaba los horrores de la guerra a los ejércitos en contienda. Los bombardeos desde la altura a poblaciones civiles se inician en la guerra civil española (Guernica, Madrid, Barcelona), y se generalizan de forma atroz durante la Segunda Guerra Mundial. Entre tanto, el avance de la aviación comercial ha proporcionado un modo de transporte seguro y asequible. Recuerdo los vuelos de mi infancia desde Santa Cruz de Tenerife a Madrid, un tormento de ocho horas en algo parecido a una incesante montaña rusa, notable diferencia con los confortables vuelos que ahora arriban a Nueva York en unas siete horas, muestra del desarrollo de la tecnología aeronáutica.

Le Corbusier sostenía que los aviones, junto a los grandes paquebotes navales, eran las Catedrales de nuestro tiempo. Resulta fascinante la corta historia de la aeronáutica, a través de la cual el hombre ha superado el mito de Ícaro, jalonada de episodios emocionantes y de héroes como el brasileiro Alberto Santos Dumont (1873-1932) cuyo nombre recuerda uno de los aeropuertos más amables que conozco, en al centro de Rio de Janeiro, donde al aterrizar se pueden contemplar las bicicletas que desde las calles acompañan el final del trayecto.

Otro personaje entrañable, éste de ficción, es Porco Rosso, protagonista de una película de dibujos animados tipo ‘manga’, escrita y dirigida por el japonés Hayao Miyazasaki en 1992. Se desarrolla en una época de piratería aérea que de hecho se produjo al finalizar la Gran Guerra de 1914-1918, durante la cual, pilotos militares de escuadras derrotadas utilizan sus aeroplanos de combate para el ejercicio de esta moderna forma de pillaje desde las alturas. Porco Rosso es un aviador italiano que persigue piratas en condición de caza-recompensas por cuenta propia, una maldición desconocida lo ha trasformado en un cerdo antropomórfico. Planeada inicialmente como una película corta para Japan Airlines, alcanzó el primer lugar en ingresos del mercado japonés el año de su lanzamiento.