Ramón Pérez Montero - OPINIÓN

Oikos

Kerry y Sacha me invitan a su huerta. Buena ocasión para revisitar el territorio de mi niñez

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Kerry y Sacha me invitan a su huerta. Buena ocasión para revisitar el territorio de mi niñez. En mi paladar aún el recuerdo vivo de las granadas abiertas como corazones dulces en las tardes de verano. Ambos me hacen partícipe de su proyecto. Volver a las esencias de la vida sencilla en contacto directo con la naturaleza. En su intención, llevar a cabo su idea compartiéndola con todo aquel que muestre su desinteresada disposición a colaborar. Me dicen que ya han sido muchos los que han pasado por allí. Gente venida de diferentes rincones del mundo. El resultado hasta ahora muy gratificante. El enriquecimiento mutuo, humano y cultural, tanto de visitantes como de anfitriones.

Desde la pura conciencia de ser humano resulta imposible no adherirse a su idea, imposible no admirar la fe (no religiosa) con que afrontan tan arriesgada empresa. Su voluntad de obtener de la tierra aquello que la tierra ofrece sin herirla, sin arrancarle sus frutos a golpes de codicia y explotación inmisericorde. El respeto ecológico es el punto de partida de una meta que no es otra que el puro entendimiento entre hombres, animales y el medio natural que a todos nos sustenta. Oikos, nuestra casa.

El problema es que la conciencia humana no suele ser la mejor guía para enfrentarnos a conflictos de naturaleza social como este. Conflicto que nos instala en la irresoluble esquizofrenia de exigir respeto por el medio y la obligación continua de aumentar la explotación para sostener nuestro nivel de desarrollo en línea con el incremento imparable de la población. Resulta necesario un nivel más elevado de observación para escapar de la situación engañosa que se produce cada vez que examinamos la realidad solo desde uno de sus lados.

Vivimos en una sociedad construida por sistemas abstractos que se nutren de nuestras conciencias. Vivir en sociedad significa procesar información y comunicar en base a los códigos particulares de cada uno de estos sistemas. El resultado del aumento de complejidad del sistema económico no augura adaptación sino ese vertiginoso aumento de la desviación que se hace evidente en el deterioro ecológico del planeta.

Pero por otro lado, conforme se incrementa este potencial de autoamenaza, nuestra sociedad moderna exhibe también hasta el momento una extraordinaria capacidad de recuperación. Nuestra confianza en las soluciones de la racionalidad técnica es tan ilimitada como, quizás, irracional. Los devastadores efectos de los sistemas sobre el entorno resultan explosivos y, ante la incapacidad de integrarlos como costes en los balances de rentabilidad de las empresas, se opta por la ‘exteriorización’: la sociedad en su conjunto debe asumir el pago. De este modo sólo puede interpretarse como grito de desesperación la tendencia actual de la sensibilidad ecológica de reclamar responsabilidad frente a la ceguera de los sistemas.

Los objetivos económicos de las grandes compañías de la alimentación, como organizaciones integrantes del sistema económico, no observan la extenuación de la tierra como un obstáculo insalvable y exige al sistema científico soluciones para los problemas de producción, en forma de plaguicidas y fertilizantes. En tanto producción orientada al mercado, estos deben estar bien surtidos y los precios han de continuar pagándose. Solo sus dificultades internas producen malestar en las organizaciones.

Kerry y Sacha han hecho su apuesta de nadar contra corriente al oponerse a tan implacable maquinaria. La propia esencia de la complejidad nos enseña que acontecimientos en principio insignificantes pueden desencadenar enormes convulsiones. Por ello no ofrezco resistencia a que mi conciencia humana me lleve a ponerme de su lado.

RAMÓN PÉREZ MONTERO