Yolanda Vallejo - OPINIÓN

No es tiempo de silencio

Celebro que haya padres que lleven a sus hijos a las bibliotecas y les lean un cuento. Celebro que las risas de los jóvenes acompañen la lectura de los mayores

Yolanda Vallejo
CÁDIZActualizado:

Muy a pesar de Cataluña, el mundo sigue girando y cada día tiene su afán, que decía San Mateo. Los que me conocen saben que adoro celebrar algo cada día, aunque sea echando mano de calendarios absurdos que señalan en rojo el día mundial del lavado de manos, o el día del orgullo primate, porque igual que hay gente para todo, hay días para todo. Ya lo sé; es un frivolidad como otra cualquiera, pero estará de acuerdo conmigo en que algunos días merecen ser celebrados por todo lo alto. El próximo martes, por ejemplo, es el Día Mundial de las Bibliotecas, y aunque soy sospechosa de especial querencia por esta celebración, nunca está de más recordar el origen de esta fecha, y mucho menos, en estos tiempos revueltos que nos están tocando en el bombo.

Se cumplen ahora 25 años del incendio de la Biblioteca Nacional de Sarajevo. Un incendio que se ha convertido en el símbolo de la barbarie humana contemporánea, de lo que el hombre –y la mujer, claro está– es capaz de hacer, cegado por el nacionalismo más radical. En el afán de regresar a la ‘Gran Serbia’ del pasado, incompatible con la «impureza» de un Sarajevo donde los bosnios musulmanes y los croatas católicos eran mayoría, el profesor Nikola Koljevic –que por lo visto era un fenómeno dando clases de poesía y crítica en la universidad, y recitaba a Shakespeare de memoria– ordenó la quema de dos millones de libros sospechosos de heterodoxia para el Partido Demócrata Serbio. Y muchos de los que se salvaron lo hicieron a costa de la vida de los bibliotecarios, que no dudaron, ni un segundo, en arrancar de las llamas la memoria histórica de Sarajevo.

«Donde se queman libros se termina quemando también personas», decía Heine. Y no hay que perder esto de vista, porque los bibliocaustos han sido siempre la antesala de las grandes calamidades históricas. No hace falta hacer el recorrido completo, pero piense en Alejandría, en Granada, en Berlín, en Irak… Destruir la memoria de un pueblo es mucho más que destruir su pasado, no sé si me entiende bien. Porque las bibliotecas no son solo colecciones de libros, las bibliotecas son las instituciones más democráticas que existen, entendiendo por democracia la manifestación más absoluta de la libertad ciudadana. Todo el pensamiento, todas las palabras, todas las obras y todas las omisiones se dan cita en las bibliotecas, y están disponibles para todos, sin distinción, sin excepción. Decía Alberto Manguel –adoro a Manguel tanto como a los calendarios absurdos– que no hay mayor ejemplo de generosidad humana que una biblioteca.

Pero tenemos poca cultura bibliotecaria en este país. Tenemos poca cultura, simplificando. La imagen casposa de la bibliotecaria de moño e impertinentes mandando a callar de la manera más impertinente, se impuso por encima de todo. La idea de una biblioteca concebida para el silencio y el estudio –y por tanto, rechazada de antemano– se impuso por encima de todas las demás ideas. La biblioteca como lugar hostil no es más que la representación gráfica de nuestra alergia por el conocimiento, y de la herencia carpetovetónica que nos dejó el siglo XX.

Y desde ese segundo plano, desde la oscuridad y, muchas veces, desde el ostracismo, las bibliotecas han sido las instituciones culturales que más han evolucionado en los últimos tiempos. La pupa convertida en mariposa. Transformándose continuamente para dar respuesta anticipada a las preguntas de la ciudadanía. Porque los informes son demoledores, y confirman que ocho de cada diez españoles no ha entrado nunca en una biblioteca, pero también dicen que en la misma proporción, pero a la inversa, se establece el grado de satisfacción de los que sí la visitan; y está al alcance de todas las personas. Las bibliotecas son lugares que fomentan el acceso a la información, a la tecnología; espacios de ayuda, de formación, de ocio. Lugares donde se estimula la curiosidad y el respeto por la memoria local; donde la evasión es la victoria. Y son gratis, porque las pagamos entre todos, incluso los que nunca han pisado una biblioteca.

Por eso me gusta celebrar este día por encima de otros. Porque celebro que en las estanterías de las bibliotecas se guarde lo que fuimos por si alguien, alguna vez, quiere saber lo que podemos llegar a ser. Porque celebro que los bibliotecarios hayan salido, por fin, de la crisálida y se hayan convertido en agentes culturales dispuestos a imitar, si hiciera falta, a sus colegas de Sarajevo. Porque celebro el empeño de estos profesionales para que se sepa que sus bibliotecas existen. Porque celebro que haya padres que lleven a sus hijos a las bibliotecas y les lean un cuento. Porque celebro que las risas de los jóvenes acompasen la lectura de los mayores. Porque celebro que alguien todavía se asombre al saber que en las bibliotecas, hay mucho más que libros. Porque celebro la paciencia de los investigadores con la prensa antigua y la impaciencia mañanera de los que acuden a leer la prensa del día. Porque me gustan –más que Manguel y más que los calendarios absurdos– las bibliotecas.

Porque en las bibliotecas ya no es tiempo de silencio, sino de diálogo, de debate, de intercambio de ideas, de talleres, de experimentación, de actividades, de preguntas y de respuestas.

Y porque soy bibliotecaria.

YOLANDA VALLEJO