La mala memoria

Decía Schopenhauer que cada uno tiene el máximo de memoria para lo que le interesa y el mínimo para aquello que apenas le importa

Felicidad Rodríguez
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Decía Schopenhauer algo así como que cada uno tiene el máximo de memoria para lo que le interesa y el mínimo de ella para todo aquello que apenas le importa. Quizás pensando en el filósofo alemán, Ada Colau tuvo que barruntar que no se podía dejar al interés, o a la mucha o poca memoria, de cada uno lo que hay que rememorar o lo que es necesario olvidar. Tal vez por eso decidió crear el ‘Instituto municipal de los Pasados Presentes’ o eliminar del nomenclátor callejero al almirante Cervera, personaje nada digno de recordar según la opinión de la Sra. Alcaldesa. Y, en cierto modo, como nuestra memoria es muy cortita, no es mala la estrategia de la regidora catalana. Porque, teniendo en cuenta que los recuerdos son como los malos amigos, esos que te fallan cuando más falta te hacen, todo lo que pueda afectar a la memoria, individual o colectiva, debemos registrarlo, o desregistrarlo, por escrito en un diario, mediante ordenanza en un boletín oficial o cambiando el nombre de las calles, según sea el caso.

De otra manera estaríamos abocados a tener que depender de nuestra propia retentiva que, como todos sabemos, nos puede inducir a error. Un ejemplo de esas malas jugadas que puede hacerte la memoria la tenemos en el reciente evento publicitario de disolución de ETA. A mi me ha pasado; la memoria me ha fallado y eso que pertenezco a una generación a la que no le hace falta retrotraerse muchos años en el tiempo para acordarse de las imágenes de la tele o de las fotos en la prensa con sus asesinatos. Obviamente la desaparición de una banda terrorista es motivo para que todos brinquemos de alegría. Pero viendo las imágenes de la reunión de Cambo-les-Bains y el registro, para la posteridad, del texto de la Declaración de Arnaga, uno empieza a dudar de sus propios recuerdos. En el desarrollo del ya famoso acto de autoliquidación, daba la impresión que ETA, haciendo un ejercicio de generosidad, daba el primer paso para la reconciliación nacional. Y yo que creía recordar que a ETA la había descabezado, desestructurado y eliminado nuestro Estado de Derecho. Debe ser que la memoria me está fallando y tengo que empezar, urgentemente, a anotarlo todo y hacer caso a Einstein en eso de no guardar en la cabeza aquello que te cabe en el bolsillo.

Una vez descubierto mi error, cabe reflexionar sobre algunas de las cosas que allí se dijeron. Muy ejemplarizantes, por cierto, las palabras que Gerry Adams dirigió a los antiguos dirigentes de ETA, a los representantes del PNV y de Elkarrekin Podemos y al resto de congregados: «el enfado no es una política y la venganza no es la solución». Imagino que los presentes en el acto tomaron nota de la frase y no sea necesario recordarles la máxima de Schopenhauer. Otra cosa que me llamó la atención fue la referencia a hacer un mayor esfuerzo para reconocer y asistir a todas las víctimas. Supongo que los observadores, mediadores etc. que allí estaban tenían claro la identificación de estas últimas y lo que habría que hacer para ayudarlas. Supongo, también, que ese esfuerzo incluye dar los nombres de los que asesinaron a tiros, un día de Reyes, al tarifeño Antonio Ramírez y a su novia de San Roque, Hortensia González. No es venganza; es que la memoria de ambos lo merece.

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