Julio Malo de Molina

Llegar en tren

El ferrocarril y los grandes buque representaban para Le Corbusier modelos de una nueva tectónica cuya lógica propuso trasladar a la arquitectura doméstica

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El ferrocarril y los grandes buques: el Orient Express y el Normandía; las grandes estaciones de hierro y ladrillo, así como los imponentes trasatlánticos, representaban para Le Corbusier modelos de una nueva tectónica, cuya lógica él propuso trasladar a la arquitectura doméstica: la casa como máquina de habitar. He coincidido con arquitectos e investigadores de otros lugares en el marco de un simposio celebrado durante estos días sobre: “Cádiz 1917, de la Modernidad a la Contemporaneidad”. Los encuentros representan una saludable oportunidad para recorrer esta ciudad que uno habita, acompañado de miradas abiertas a nuevas lecturas de espacios, los cuales son para nosotros como las olas del mar o las dunas de las playas, siempre diferentes pero entrañablemente cotidianos tal cual esa amante que se levanta cada alborada bajo una nueva luz y con un nuevo perfume. Al pasear por calle San Francisco un colega comenta el carácter decimonónico de nuestras fachadas, semejantes a las de Madrid y las de muchos barrios antiguos de otras tantas ciudades españolas; y recordé al chico de catorce años que yo fui recorriendo esa misma calle justo antes de un viaje a la capital, donde mis padres querían que continuara mis estudios. Aún funcionaba la vieja y amable estación que podemos ver restaurada pero abandonada; ha resultado instructivo explorar ahora esta pieza, lo mejor que dejó en la ciudad el sugestivo cambio de centuria entre el XIX y el XX.

Se trata de un amplio hangar de estructura y cubierta metálicas, flanqueado por crujías de ladrillo que se rematan mediante torreones, configurando así un elegante alzado, al modo de la mejor arquitectura ferroviaria del siglo XIX. Con el valor añadido de ofrecer esta fachada a la mar, icono del propio carácter del lugar que fue en su día la plaza de estación más atractiva del mundo. La llegada del ferrocarril durante el siglo XIX representaba progreso y desarrollo industrial y comercial, símbolo de la revolución moderna y democrática, asociada al liberalismo, frente a la sociedad agraria, estamental y autoritaria. A Cádiz llega en 1867, aunque la estación de hierro no se termina de construir hasta 1905, sustituyendo a otra de madera, ambas en rellenos al pie de la muralla; la nueva pieza de un monumentalismo simbólico no exenta de primorosa racionalidad, define el arco cóncavo de una soberbia fachada portuaria, cuyo extremo norte remata la Aduana Real de 1784. Esa relación entre el mundo del tren y la mar se interrumpe cuando en 1959 se levanta un tosco caserón justo ante la bella fachada ferroviaria, sobre la plaza salón que había enlazado sabiamente el transporte terrestre con el marítimo.

En un pequeño y útil folleto que entregábamos a nuestros visitantes escribí esto cuando yo era Decano del Colegio de Arquitectos: no hay mejor manera de llegar a Cádiz que por mar, de hecho ésta fue la forma habitual de arribar a la fortaleza marina, si no es a través de las aguas, se recomienda al viajero llegar en tren hasta la estación término, acceder a Cádiz a través de su ensanche sobre el tómbolo arenoso, caracterizado por las arquitecturas mediocres de los años sesenta y setenta, es como entrar en un palacio por la puerta de servicio. La nueva estación se coloca tras el edificio histórico, que debiera servir de hermoso vestíbulo; resulta desolador visitarlo ahora para ver a través del amplio paño de vidrio, no ya la mar, sino la trasera de otro edificio de pésima arquitectura.

Julio Malo de Molina