Chapu Apaolaza

De los leones de Tsavo y los del Congreso

Yo me pregunto cómo es que aquí se ha robado tanto. Y tan bien.

Chapu Apaolaza
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Leo en un pie de foto «Ignacio González en el asiento de atrás del Opel Insignia», de la Policía. Para mí tiene pinta de letra de sevillana picantona para la próxima Feria de Abril. En el momento de la foto, alguien se plantó delante de la cámara de la prensa, se supone que para evitar la pena de telediario y aquella imagen de la mano de un agente en la nuca de Rodrigo Rato mientras entraba en el coche detenido, esa escena que le heló el corazón a la media España conservadora.

Ese día, el Barrio de Salamanca se convirtió en una película de polis. Este país ha evolucionado tanto y tan deprisa que se ha pasado de frenada. Hemos dado tantas vueltas que se ha traspuesto la España de los padres de la Constitución y la de El Vaquilla, y la Carrera de San Jerónimo está cada vez más cerca de las geniales crónicas quinquis que firmaba Javier Valenzuela desde el quicio de un puticlub en una trasera de la Plaza de España.

Yo me pregunto cómo es que aquí se ha robado tanto. Y tan bien. Los del ‘New York Times’ se preguntaban ayer por la mañana cómo los leones de Tsavo se saltaron su menú habitual y se pusieron las botas de cachopo humano. Pasó en 1898, mientras Inglaterra construía una línea férrea entre Kenia y Uganda, una empresa tan loca que se llamaría en adelante ‘El tren lunático’.

Hace un par de años recorrí los escondites y las cuevas de Tsavo con un antiguo furtivo y chamán. Los elefantes cubiertos de tierra asomaban sobre los espinos como bestias de piedra roja. Nos metimos en una cueva y allí mi compañero bailó una extraña danza, pisó el suelo tres veces con su pie desnudo, me sopló polvo de ceniza en la cara y dijo entonces: «Ya somos invisibles».

Pude imaginar el terror en los campamentos cuando los dos leones comenzaban a darse un festín y a arrastrar los cuerpos de los trabajadores ferroviarios de sus tiendas. El coronel británico John Henry Patterson, ingeniero jefe de aquellas obras, cuenta en su libro una peripecia increíble. Mató al primero con un rifle Lee Einfield y una bala del calibre 303. Según Patterson, se habían comido a 135 obreros. Estudios posteriores han calculado que fueron 35, pero Patterson tenía que vender un libro. Ahora los leones están en un museo de Chicago, congelados en un rictus de extrema atención como de presentadora de televisión venida a menos.

Siguen los científicos a vueltas sobre la razón del cambio de dieta. Hubo gente que pensó que estaban poseídos por el demonio. Tradicionalmente, la ciencia creyó que estos dos felinos se dieron al homo sapiens después de que las caravanas de esclavos dejaran regueros de cadáveres en la zona y que así probaron el dulce sabor de la carne de humano. Otros sostienen que en esos días hubo una peste que diezmó las poblaciones de sus presas naturales y que así encontraron sustituto a ñus, gacelas y kudus.

A la corrupción en España le pasa lo que a los leones de Tsavo, que nos preguntamos cómo es posible que sucediera a tan gran escala. Sobre los leones, la última noticia contaba ayer una explicación más sencilla. Los animales sufrían de caries y dientes rotos y les era más fácil comer humanos que cebras, sencillamente porque somos más tiernos. Igual si en España se ha robado tanto es porque estaba la pasta a mano. Había leones en el Congreso y no eran de bronce.

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