Fernando Sicre

Legalidad y política Fernando Sicre

La revista 'Hora de España', fundada por intelectuales republicanos, imprimió en plena Guerra Civil aquello de «no más palabras, un gesto

Fernando Sicre - Actualizado: Guardado en: Opinión

La revista ‘Hora de España’, fundada por intelectuales republicanos, imprimió en plena Guerra Civil aquello de «no más palabras, un gesto. Y solo cabe uno, la restauración de la legalidad constitucional. Después, pero no antes la política». El Derecho se encuentra presente en todas las sociedades modernas, considerándose esencia misma de la existencia civilizada. El Derecho es el instrumento principal a través del cual se mantiene el orden. La Ley es expresión de la soberanía popular. La hace el Estado a través de uno de sus poderes. Refleja la voluntad del Estado y en consecuencia prevalece sobre sobre todas las demás normas y reglas sociales. La Ley es de cumplimiento obligado y en consecuencia se aprueba siguiendo un procedimiento legislativo formal. El impúdico y esperpéntico espectáculo dado en el Parlamento catalán, anticipa que al nordeste del Ebro, el Estado de Derecho es una entelequia. Que se lo pregunten si no al Secretario General del Parlamento catalán, que se negó a firmar las dos leyes aprobadas esta semana. Lean por curiosidad el dictamen del Consejo de Garantías Estatuarias que rechazó por unanimidad la reforma del Reglamento del parlamento catalán para la aprobación de la Ley de ruptura, considerando que la fórmula escogida por la mayoría independentista vulnera la Constitución y el Estatuto de Autonomía. Lo que significa que la Ley ha dejado de imperar, que el Estado de Derecho ha dejado de existir y que el orden público ha dejado paso a la barbarie.

El imperio de la Ley es un principio constitucionalmente respetado de manera tajante en los Estados democráticos liberales. Su primer significado es que la Ley «impera», proporcionando el marco de convivencia dentro del cual los ciudadanos actúan. Desde el siglo XVII con Locke a la cabeza, los liberales han venido considerando el Derecho no como una restricción del individuo, sino como garantía esencial de su libertad. Es propósito fundamental del Derecho, proteger los derechos individuales, entre los que se encuentra el derecho a la libertad.

Los defensores del liberalismo como sistema político, prácticamente presente en todos los países occidentales, siguen manteniendo como lo hicieron los liberales clásicos, la prevalencia del orden sobre el sacrosanto principio de la libertad. Orden e imperio de la Ley democrática van unida en su destino. Sin Ley, sin orden, el ejercicio de la libertad no es posible. El miedo al desorden, a la inestabilidad social, ha sido una fuente inagotable de debate en la filosofía política occidental. Desde las teorías del contrato social que arrancan en pleno siglo XVII, los filósofos políticos han discernido sobre el orden y analizado como evitar que la vida en sociedad degenere en caos y confusión.

Desde época diría yo inmemorial, el derecho y la política catalana sufren de incomprensión mutua. La disfunción entre ambos se han hecho connaturales. De ahí que apelando a la «democracia» se defiende el derecho de los catalanes a votar en referéndum, lo que supone implícitamente reconocer de un derecho a la secesión que no tienen.

Lo que allí llaman «derecho a las urnas», que ciertamente tiene relación con democracia, sin embargo no supone el reconocimiento de un derecho del que carecen. Se abusa a menudo del concepto democracia. Fíjense que en las históricamente llamadas «repúblicas democráticas», democracia y dictadura eran lo mismo. Me refiero a todas las repúblicas democráticas de los países comunistas del Este de Europa. Hoy siguen llamándose así Corea del Norte, Laos, Etiopía y Argelia. Pretende sumarse a esta insigne lista Cataluña. Seamos sensatos, seamos auténticamente democráticos y exijamos que prevalezca el imperio de la Ley, solo así seremos auténticamente libres para hacer efectiva la «voluntad general». Cuando esto ocurra, hablemos de política, parlamentemos, debatamos. Pero no parlamentemos tonterías o pluritonterias. Son tonterías en cualquier caso. Siempre en plural.

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