Ramón Pérez Montero - OPINIÓN

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En esa mano tendida tocas el delicado tejido de las capas más profundas de nuestra esencia humana

Ramón Pérez Montero
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Comenzaré diciendo que albergo serías dudas acerca de que el método científico pueda ser aplicado con todas las garantías para tratar de evaluar los desajustes funcionales de nuestro organismo. Nuestro sistema vital no sólo es un compendio de órganos sometidos a una serie de reacciones físico-químicas cuyo comportamiento pueda ser observado, medido y ajustado a ciertos parámetros para establecer una clara línea divisoria entre normalidad y desarreglo. Cada organismo es único en su funcionamiento, como únicas son nuestras huellas dactilares.

Nuestro organismo, al tiempo que le da origen, está asimismo regido por ese extraño fenómeno que denominamos flujo de la conciencia, cuya base, por tanto, es física y es química, y también actividad electromagnética, pero que alcanza una dimensión que escapa a las redes de comprensión y explicación del método científico. O al menos a la vertiente clásica de la ciencia cuya táctica se basa en diseccionar, calibrar y buscar determinadas causas a ciertas anomalías que son consideradas como enfermedades, y para cuya corrección son tratadas con diversos tipos de fármacos. Ya digo que no las tengo todas conmigo para quedar convencido de la eficacia científica de la medicina.

Por tanto, en todo lo que atañe a la salud, el factor humano ha de gozar de una consideración primordial. El factor humano en tanto que elemento creador y sostenedor de la actividad orgánica, que como origen de las anomalías. Pero también el factor humano en la lucha contra la zozobra que estos mismos desajustes desencadenan. Acabo de vivir una de esas experiencias angustiosas donde la solidaridad de los demás se recibe con el agradecimiento del agua por parte del sediento. Para más inri a unos cuantos miles de kilómetros de tu casa, donde la extrañeza y el desvalimiento dominan su territorio, donde sientes el bloqueo de los habituales resortes de lo conocido y de tu capacidad automática de decisión para enfrentarte a los grandes obstáculos que la vida plantea.

Cuando, de un momento para otro, de forma totalmente inesperada, tienes que viajar al extranjero, Italia en este caso, para llegar cuanto antes a un hospital desconocido, Ospedale Maggiore de Novara, en este caso, para estar al lado de alguien que es una parte de ti mismo, tu hijo en este caso, estrechar la mano cálida del médico que se ha preocupado por su vida es una de esas sensaciones cordiales que te reconcilian de inmediato con el género humano. En un mundo dominado por el más puro egoísmo, el beneficio personal y los intereses materiales, encontrarte con semejantes dispuestos a poner al servicio de los demás su propia capacidad de sacrificio, todo el conocimiento adquirido durante años a base de estudio y experiencia, y hacerlo sin preguntar quién ni de dónde, realmente emociona y pone al descubierto esa parte magnánima, desprendida que anida en el fondo de nuestras conciencias. En esa mano tendida tocas el delicado tejido de las capas más profundas de nuestra esencia humana, la que palpita por debajo de la piel encallecida con que solemos aislarnos y protegernos frente a todo lo que nos resulta desconocido.

Escribo estas líneas todavía confuso pero enormemente agradecido a todos esos profesionales de la medicina que, ajenos a los conflictos que desencadenan las disputas políticas y las dificultades económicas, permanecen siempre alerta a la llamada de socorro del prójimo. Es entonces, más allá de la certeza científica de análisis y diagnósticos, más allá de la eficacia de los fármacos, que alcanza su verdadera dimensión el ejercicio noble de la medicina.

Ramón Pérez MonteroRamón Pérez Montero