OPINIÓN

El fracaso como hábito

La historia de la provincia con los planes de empleo es la de un fiasco detrás de otro

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Es un mal síntoma. Nada de lo que estar orgullosos. Si la provincia de Cádiz ha sido de las que más fondos europeos y estatales ha recibido para incentivar la llegada de empresas es porque sus niveles de paro, sus tasas de desempleo, han llegado a ser dramáticas. Además, de forma crónica. Durante años, ha tenido –tiene– porcentajes que sólo se encuentran en zonas subdesarrolladas de Europa, África o América por más que otros indicadores sociales estén muy por encima. Es una paradoja con la que convivimos hace mucho. Pero ese lastre de la economía y el mercado laboral de la zona ha provocado en distintas etapas un aluvión de ayudas a la creación de empresas y al fomento del empleo, han llegado en oleadas con insólita familiaridad en lo que va de siglo en esta zona de Europa. Cada programa de ayudas tenía unas siglas y unos requisitos, un nombre, un plazo y una teórica finalidad pero todos, sin excepción, acabaron en el mismo punto: Andalucía y la provincia conservaron similares porcentajes, terroríficos, de paro y el mismo número de empresas reales, efectivas, que antes de la llegada de ese maná. El dato conocido ahora (una docena de empresas que recibieron 70 millones en ayudas hasta 2011 ya ni existen) habla con más claridad que cualquier ejemplo.

Ese fracaso rotundo y colectivo se debe a una sola causa que provoca gran preocupación ciudadana: la falta de control. El dinero de Europa (sobre todo) ha llegado a raudales pero nadie controlaba ni garantizaba su buen uso. A las pruebas, a los números, basta remitirse. Cada fracaso conocido tiene matices diferentes pero comparte una misma raiz, ya sean los fondos Reindus, los episodios de Oubiña (Bahía Competitiva), de Ángel Ojeda (cursos de formación) o con el vasto episodio de los ERE. Haya o no delitos o irregularidades administrativas, con la sagrada presunción de inocencia por delante, siempre aparece un mismo elemento: el fracaso. Una gran cantidad de dinero se destinó a una hipotética creación de puestos de trabajo, de industria y riqueza colectiva, que nunca llegó.

Sea por torpeza, por negligencia ‘in vigilando’, por un laberinto burocrático, por mal planteamiento inicial o mala praxis, por lo que quiera pensar mejor o peor cada cual pero el resultado es idéntico: el dinero acaba en desperdicio (a falta de que la Justicia establezca si fue a parar a bolsillos de alguien) y los parados siguen sin empleo.