Ignacio Moreno Bustamante - OPINIÓN

Feminazis Ignacio Moreno Bustamante

El absurdo lenguaje de lo políticamente correcto nos ha envuelto de tal modo que es difícil saber si algún día nos libraremos de él

IGNACIO MORENO BUSTAMANTE - Actualizado: Guardado en: Opinión

Creo que todo empezó con Rodríguez Zapatero. Él nos sumergió en este mundo que ha acabado por envolvernos y del que no sé si algún día podremos escapar: el de la corrección política de las narices. La puerta la abrió él, y detrás ya entraron a saco todos esos adalides de la moralidad, del buenismo, de la solidaridad según ellos la entienden. Los podemitas. O simpatizantes de Podemos, si lo prefieren. En el origen fue el ‘ellos y ellas’, los ‘compañeros y compañeras’, los ‘vecinos y las vecinas’. Estupideces. Bien está que los niños no se insulten llamándose «subnormal», por ejemplo. Porque efectivamente ese término, como algunos otros, ha pasado a convertirse en una ofensa. Pero de ahí a que llamemos ‘vigilante de finca urbana’ al portero, ‘capital humano’ al trabajador, ‘persona en riesgo de exclusión social’ al pobre o ‘persona poco agraciada’ al feo de toda la vida, va un mundo. Un mundo de ignorancia y de complejos cuyo máximo exponente son, me van a perdonar, los denominados ‘feminazis’, que no son exclusivamente mujeres. De hecho hay muchísimos hombres alineados con su radical causa. En Cádiz tenemos ejemplos varios, como las concejalas María Romay y Ana Camelo. Amén del señor alcalde y varios ‘concejalos’ más. Los integrantes y las integrantas de este movimiento se han arrogado el poder de decidir qué es machista y qué no, cómo hay que tratar a la totalidad de las mujeres, sean de su cuerda o no. Su sentido de la igualdad es tan obtuso que se lían y lo mezclan con la buena educación. Aunque ellas y ellos no lo crean, la inmensa mayoría de hombres y mujeres desean seguir manteniendo y transmitiendo a sus herederos ciertos valores. Esta misma semana, Podemos ha emitido un comunicado –que apenas ha tenido reflejo en los medios de comunicación, inexplicablemente dado su indudable interés– en el que decían que «privatizar los servicios públicos también es violencia contra las mujeres». Literal. Por supuesto lo llevan también al lenguaje y últimamente han iniciado una cruzada contra el machismo en el Carnaval. Ahí la llevan clara, porque no es fácil acabar de un plumazo con años, décadas, de coplas sobre la suegra, la vecina Carmeluchi o el tamaño del miembro viril.

Afortunadamente, en medio de todo este bombardeo continuo, a veces encontramos algún oasis que nos reconcilia con nuestro propio lenguaje, como el que se publicó hace un par de semanas en un dominical sobre un discapacitado que no se andaba por la ramas y hablaba alto y claro de su problema, sin tabúes ni leches. De toda la vida, las personas más inteligentes son aquellas que saben reírse de sí mismas, sin complejos, llamando a las cosas por su nombre. Con educación, sin ofender. Si hay que recurrir al eufemismo, mal síntoma. Propio de personas cuyo nivel de inteligencia no llega al mínimo nivel deseable. O sea, de carajotes.

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