Yolanda Vallejo - HOJA ROJA

Yo expongo Yolanda Vallejo

Usted sabe, tan bien como yo, que en esta ciudad resulta que no hay celebración...

YOLANDA VALLEJO - Actualizado: Guardado en: Opinión

Usted sabe, tan bien como yo, que en esta ciudad resulta que no hay celebración, conmemoración, efeméride o similar, sin que haya una exposición –o lo que por aquí consideramos exposición– de por medio. Exposición magna, a poder ser, o alguna de sus variantes, pero igual de antigua y de casposa. Y perdone que empiece de esta manera y en estos términos, pero lo de la sobre-exposición –nunca mejor dicho– de cosas, me empieza a cansar. Y a usted también, no lo niegue, que a estas alturas no es capaz de diferenciar la muestra de Diputación de la de Unicaja. «Ah, ¿pero no es la misma? ¿es otra?». Sí, es otra, aunque no lo parece...

Y, efectivamente, no lo parece, porque el concepto de exposición ‘horror vacui’ con el que se trabaja por aquí, aburre tanto y enseña tan poco que nos confunde hasta el extremo de llegar a pensar: «¿esto no lo he visto antes?» Y sí, lo ha visto usted antes. No le quepa la menor duda. Lo ha visto muchas veces, en muchas exposiciones, en esa exposición eterna en la que hemos convertido a esta ciudad.

A veces me pregunto con qué objeto se hacen exposiciones por y para todo. Qué sentido tienen, quiero decir. Porque la ‘acumulatio’ y el poner una cosa detrás de otra, estaba muy bien para los gabinetes dieciochistas en los que una caracola, un oso polar disecado y un colmillo de ballena, convivían sin problemas para ilustrar al personal y enseñar las maravillas de un mundo desconocido. Eran otros tiempos, claro está, y aquellas muestras, que dieron pie a las exposiciones universales, tuvieron sentido y sensibilidad hasta bien entrado el siglo XX. Pero a partir de ahí, la dramaturgia de las exposiciones se encaminó hacia el mundo de la comunicación; ya no se trataba de «mostrar», sino de «comunicar», de transmitir un mensaje, de construir un relato expositivo, de contar algo. Nosotros, evidentemente, no dimos ese paso, y nos quedamos enredados en la cosa almonedística, qué le vamos a hacer.

Hace no mucho, una conversación con una de las personas más lúcidas que conozco y que, precisamente, por esa lucidez, ostenta la dirección de uno de los archivos más importantes de este país, me sirvió para poner en pie, y para dar forma a la idea de que lo que falla en esta ciudad es lo más básico. Para montar una exposición, decía, solo hacen falta tres cosas: un presupuesto, una cabeza que piense y un lugar donde hacerla. Nada más. Y nada menos. Porque si falla cualquiera de estas patas, la exposición se cae, como se caen, de hecho, todas las exposiciones que se llevan a cabo en esta ciudad.

Sin presupuesto, a lo más que se puede llegar es a rellenar paredes con reproducciones fotográficas, con paneles más o menos trabajados y con cualquier cosa que se pueda recolectar de aquí o de allí. «Oye, ¿qué tenéis por ahí del XVIII? O que parezca del XVIII», –no se ría, la realidad siempre supera a la ficción–. Sin un lugar adecuado, a lo más que se puede llegar es a rellenar paredes de nuevo, porque a poco que uno esté informado, se sabe que las medidas de seguridad que requieren las piezas importantes no las cumple en esta ciudad ninguno de los llamados «espacios expositivos». Y sin una cabeza que piense, a lo más que se puede llegar es a rellenar otra vez las paredes con lo que sea, porque ni habrá un discurso expositivo, ni habrá una historia que contar, ni aquello tendrá mayor interés que el de recorrer los estantes de un anticuario o de una sala de subastas. Hay piezas en esta ciudad, a las que se les tocan las palmas y se colocan ya solas en los expositores.

Es triste, pero es la realidad que tenemos. La experiencia del Bicentenario no nos ha servido ni para eso. Ni para entender que los nuevos lenguajes expositivos nada tienen que ver con la vitrina con el librito abierto y la cartelita explicativa al lado; ni para asumir que nos hemos quedado más antiguos que una excursión al Tívoli. Y eso que tenemos referentes en los que mirarnos –la exposición de El Bosco en el Museo del Prado el pasado año es un modelo clarísimo de lo que le digo– incluso sin salir de la ciudad. El Museo de Cádiz, por ejemplo, cuenta con un plan museístico moderno, que muestra su colección sin necesidad de atosigar al visitante, buscando más su complicidad y su interés, que su asombro; y explicando de una manera muy didáctica las piezas más destacadas. Igual que el modelo seguido por La Caixa en sus exposiciones itinerantes. Una historia, un relato, contado por especialistas en la materia, de los de verdad, no de los de «academia». Con un trabajo detrás, de documentación, de localización y de producción.

Las dos exposiciones sobre el siglo XVIII que se pueden visitar en estos días, son un claro ejemplo de esto que les cuento. Ambas carecen de las tres patas de las que les hablaba antes, presupuesto, ubicación y cabeza pensante. Ambas carecen, además, de un discurso narrativo, de una historia que contar. Ambas están llenas de cosas, -muy rincón de omaíta-, de tópicos, de las cuatro ideas –alguna ya más que superada por la crítica y la historiografía– de lo que fue la ciudad en el siglo en el que éramos el centro del mundo.

En fin. Que tenemos lo que tenemos, y no podemos pedir peras a los olmos, es cierto. Pero que no todo el monte es orégano, también.

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