OPINIÓN

De la evidencia a la humanización

Desde los tiempos más antiguos el encuentro entre el curador y el paciente ha constituido el principal medio para que la medicina pueda lograr sus objetivos

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En pleno siglo XXI los creacionistas están ganando cada vez más terreno. A punto de que la realidad virtual se convierta en eso, en realidad ostentosa, se cuestiona la teoría darwinista de la evolución de las especies. Cercano a conseguirse la tan perseguida teletransportación de la materia, aún se pone en duda que todas las formas de vida tuvieron un solo origen, el unicelular.

Las sociedades científicas americanas han recibido la consigna de eliminar el término ‘evidencia’ de sus publicaciones. No sabemos si detrás de ello se oculta un adoctrinamiento interesado o si simplemente se trata de motivaciones económicas.

Basado en la aplicación del diseño de los ensayos clínicos al campo de la medicina diaria, de esa que consiste en la toma de decisiones a los pies de la cama del paciente, Archie Cochrane en el año 1972 empezó a cuestionar muchos de los postulados que se tomaban como dogmas inamovibles en la medicina clínica. Pero fue David Eddy el que en el año 1982 acuñó el término de Medicina Basada en la Evidencia, tomando con referencia las pruebas y datos clínicos disponibles. Hasta 1992 no se empieza a tener en cuenta este nuevo enfoque de la práctica médica diaria. Toda decisión se debe basar en datos contrastados, en resultados obtenidos de forma pulcra y aplicando el mayor rigor científico.

Pero ¿En ciencias de la salud todo se limita a resultados numéricos medibles? Aplicar sólo las técnicas que aportan resultados cuantitativos nos puede llevar a perder el norte de un elemento fundamental, y es la cualidad humana ¿Es posible medir una atención médica digna y humanizada? O sólo nos limitamos a resultados numéricos que se apartan de esos cuidados que deben anteponer al enfermo frente a la enfermedad. Desde los tiempos más antiguos el encuentro entre el curador y el paciente ha constituido el principal medio para que la medicina pueda lograr sus objetivos. Pueden enseñarse conocimientos, pueden adiestrase habilidades pero ese plus de humanismo, que se le puede dar a la relación médico paciente, parece ser un don.

En un afán de compromiso con las personas más vulnerables se plantea incorporar la humanización como parte fundamental del plus de calidad de los servicios sanitarios. No basta con sanar, se trata de cuidar al semejante, tarea ineludiblemente humana que nunca será suplida por medio técnico alguno ni por novedad terapéutica puntera. Decía Freud que «la ciencia moderna nunca producirá un medicamento tranquilizador tan eficaz como lo son unas pocas palabras bondadosas».

Es evidente que los medios técnicos y terapéuticos han mejorado de manera ostensible nuestra calidad y tiempo de vida, pero el atributo de humanización de la asistencia sanitaria puede colmar los deseos y anhelos de las personas pacientes. De esas que no entienden de técnicas complejas ni de enfermedades raras, que nos aspiran a ser un número en una cohorte, que no entienden de ensayos clínicos ni de estudios randomizados a doble ciego. La asistencia sanitaria debe tener ese marchamo de humanidad, en cuanto a que nuestra razón de ser es un igual al que a veces sanamos, con frecuencia aliviamos y siempre consolamos.