Felicidad Rodríguez - OPINIÓN

Equidistancia

A raíz del aniversario del asesinato de Miguel Ángel Blanco la palabra ‘equidistancia’ ha sido una de las más utilizadas

Felicidad Rodríguez
Actualizado:

A raíz del aniversario del asesinato de Miguel Ángel Blanco la palabra ‘equidistancia’ ha sido una de las más utilizadas, por algunos, para tratar de justificar la injustificable negativa a sumarse a los homenajes en su recuerdo. Hasta hace un par de años era raro el día en el que no se producía una convocatoria de manifestación por algo, convocatorias que, desde el 2016 para acá, han disminuido drásticamente; a lo mejor será que todos los problemas se han resuelto. Ha habido, sin embargo, manifestaciones en España que no han necesitado que nadie las convocase sino que se han producido de manera espontánea por todo el país y, en estos casos, han sido en su mayoría en contra del terrorismo. Dos de ellas están grabadas permanentemente en el recuerdo de muchos de nosotros. La que tuvo lugar, en 2004, tras los atentados yihadistas en Madrid y las que se produjeron, solo 7 años antes, por el secuestro y asesinato del joven concejal de Ermua. Como de ello hace 20 años habrá muchos jóvenes que no sepan o no recuerden lo que pasó. Al fin y al cabo la memoria reciente no es algo a lo que se preste hoy día mucha importancia. Debe ser el caso de esos que, en las redes sociales, se mofan del asesinato de un muchacho que entonces tenía 29 años. Un 10 de julio, el joven vasco era secuestrado cuando bajaba de un tren para dirigirse a su trabajo; ese mismo día ETA emitía un comunicado de chantaje y daba un plazo de 48 horas para sus reclamaciones junto con la amenaza de ‘ejecución’. El sábado 12, a las 16.50, Miguel Ángel, de rodillas y maniatado, recibía dos tiros en la cabeza. Durante esas interminables 48 horas todo el mundo estuvo de vigilia con la esperanza de que lo obviamente inevitable no se produjese. Fue inútil y Mujika, Txapote y su pareja Irantzu cumplieron con su amenaza. Pero esa espera inútil tuvo sus consecuencias. El mismo día que Miguel Ángel era asesinado, Bilbao fue testigo de la mayor manifestación contra el terrorismo de ETA, una multitudinaria expresión popular y espontánea impensable hasta entonces en el País Vasco. Nacía el germen del Espíritu de Ermua, el principio del fin de ETA y el principio del fin del terror al que nos tenía sometidos. El aniversario del asesinato de Miguel Ángel Blanco es también el aniversario de ese Espíritu que lleva el nombre de su pueblo natal, el aniversario de la expresión tajante de rechazo de toda la sociedad, también de la vasca, al terrorismo de ETA. El aniversario de un Espíritu que acoge a todas y cada una de sus víctimas. En el Espíritu de Ermua no solo está el recuerdo de Miguel Ángel, sino también el de Mariano Román, Antonio Mateo, Ascensión García, Antonio Ramírez, Hortensia González o Alfredo Suar, las víctimas gaditanas, porque el terror también alcanzó al Campo de Gibraltar, a la Janda, a nuestra Sierra y a la Bahía de Cádiz. La equidistancia entre las víctimas que algunos argumentan para no sumarse al recuerdo de Miguel Ángel Blanco y del Espíritu de Ermua no es tal. La equidistancia es negarse a participar en una concentración a favor de las víctimas en el Parlamento Europeo tras una intervención de Otegui; la equidistancia está en llamar a este último ‘hombre de paz’. La equidistancia es igualar a las víctimas con los verdugos.

FELICIDAD RODRÍGUEZ