Ignacio Moreno Bustamante - Opinión

La elegancia perdida Ignacio Moreno Bustamante

El principal exponente del mal gusto que nos rodea desde hace años ya, especialmente en estos meses de verano, es el mundo tatuaje

La elegancia perdida
Ignacio Moreno Bustamante - Actualizado: Guardado en: Opinión

Hubo un tiempo en que Cádiz era elegante. O al menos una parte importante de sus moradores lo eran. Me refiero a una elegancia en el comportamiento, en la forma de actuar, en el saber estar en según qué sitios. Y en el vestir, por supuesto. Esos tiempos pasaron. Tristemente. Apenas quedan reductos y cada vez son menos las personas a las que podemos considerar elegantes. Y lo que es peor, cada día están más denostadas. Se ha impuesto la chabacanería, la ordinariez, la cutrez. Y lo ha hecho con una fuerza sorprendente. En Cádiz ya no hay apenas eventos sociales en los que predomine un mínimo de buen gusto. Sí podemos verlos muy cerquita de aquí, en El Puerto, en Chiclana, en Rota o en Sanlúcar, por ejemplo. Pero en la capital, olvídese. Y ojo, no hablo de dinero, no sea usted vulgar. Hablo de buen gusto. Que es gratis. Se tiene o no se tiene, pero nadie te cobra por ello.

Sin duda, el principal exponente del mal gusto que nos rodea desde hace años ya, especialmente en estos meses de verano, es el mundo tatuaje. Y tampoco hablo del ancla marinero de toda la vida o del ‘Amor de madre’ de los presidiarios. Hablo de los tatuajes tipo David Beckham. A él se los admitimos, claro, porque es guapo, simpático, tiene mucho estilo y le quedan muy bien. Pero no podremos perdonarle jamás –jamás te perdonaremos David Beckham– que abriera la veda para el resto de la humanidad. A partir de su primer tatuaje, el resto de futbolistas se lanzaron como locos a imitarle. Y claro, la reacción en cadena no se hizo esperar. Miles de jovenzuelos, obsesos de los gimnasios y el culto al cuerpo, convirtieron sus piernas, brazos, espaldas, cuellos e imagino que otros lugares más íntimos en lienzos andantes. Cada cual es muy libre de hacer con sus carnes lo que desee, faltaría más, pero el tiempo pasa y en este caso, no cura. Bien al contrario, empeora la situación. Porque los impulsos de juventud de rendir ese culto al cuerpo, con los años, van cediendo ante los impulsos que provocan una cervecita fresquita y un buen plato de menudo gaditano. Y lo que hace diez años era un torso perfecto con sus abdominales marcados, ahora ha tornado a barrigón cervecero, convirtiendo la serpiente tatuada que subía desde un costado hasta el hombro en una suerte de dragón deforme. Y ese mismo joven, que antaño lucía en su cabeza profusa melena con mechas rubias, ahora apenas peina cuatro pelos que se echa hacia adelante en un desesperado intento de conservar cierta dignidad a los ojos del resto del orbe.

En fin. La clase, el estilo, el buen gusto, son bienes escasos. Prácticamente inexistentes en el caso de Cádiz capital, por más que nos duela reconocerlo. Quedan algunos reductos aún, pero pocos.La guayabera está bien, pero no es suficiente.

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