Desasosiego

Dos noches atrás, a cierta hora de la madruga, estando ya mi casa sosegada, recibo una notificación en mi teléfono móvil

Ramón Pérez
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Dos noches atrás, a cierta hora de la madruga, estando ya mi casa sosegada, recibo una notificación en mi teléfono móvil. El aparato se encontraba a escasa distancia del libro que estaba leyendo, reposado, silencioso, no esperando ya que nada ni nadie pudiera importunarlo. Ni siquiera una comunicación desde las más altas esferas místicas. Entonces aquel tono metálico que lo hizo salir de su sueño electrónico, si es que estos engendros rumian sueños en sus diminutos cerebros in silico.

Lo enciendo y se me abre una pantalla que me pone sobre aviso de que el aparato está sufriendo un feroz ataque de dos peligrosos virus en maniobra combinada, y que dispongo de cuatro minutos y medio para abortar aquella embestida antes de que el teléfono acabe reducido a cenizas. Esto último no es literal, pero expresa bien el miedo que experimenté en mi soledad y con mi escaso bagaje técnico para repeler tal agresión. Que el aviso viniese de Google me hizo creer tanto en la veracidad de aquel peligro como en sus nefastas consecuencias, una vez el marcador comenzó su fatídica cuenta atrás.

Allí estaba yo, mientras los segundos iban cayendo inexorables unos tras otros, frente a aquella pantalla que me advertía que de no atender a aquel aviso la responsabilidad caía enteramente sobre mi persona. Y esto sí que era literal. La víctima del bombardeo, por no evitarlo, culpable del bombardeo. El amigo Google me ofrecía ayuda contra aquel desconocido enemigo. Solo tenía que usar del antivirus que amablemente ponía a mi disposición en su tienda en línea. No niego que en esos momentos me sentí tan ridículo como aquel famoso Superagente 86 cuando esperaba que la grabación se le autodestruyera en unos pocos segundos entre sus manos.

Seguí nerviosamente sus instrucciones, intentando ganar a toda costa aquella carrera contra reloj, diciendo ‘sí’ a todo lo que mi aliado digital me ofrecía, hasta que me pidió mi número de cuenta corriente. Ahí ya me detuve, a pesar de que se me aseguraba que el número de tarjeta era un simple protocolo, que no se me pasaría ningún cargo hasta que yo hiciera uso del servicio. Pero yo, aferrándome a aquel principio que reza que al amigo no se le debe prestar ni la escopeta ni la mujer, incluí mi tarjera bancaria en el lote, y me puse por completo en manos del destino, mientras que el aparato no dejaba de vibrar en mi mano, como si una colmena de abejas frenéticas obrase en su interior.

En ese momento apenas disponía ya de un minuto veinte segundos antes de que la memoria de mi teléfono móvil fuera pasto de aquella variedad de Alzeimer de códigos binarios que, por lo visto, transmite implacable su contagio por estos mundos virtuales. Deposité el teléfono sobre la mesa, como quien se suelta de la mano de una persona que va a ser arrastrada irremisiblemente por un torrente, hasta que el marcador llegó a cero igual que una vida que se acaba. Ningún tipo de deflagración, ni siquiera un mínimo chispazo con olor a memoria calcinada. Apagué y volví a encender el aparato y el artefacto continuaba manteniendo incólume todas sus constantes vitales, incluido el completo almacén de sus recuerdos.

Desde aquí quiero enviar mi agradecimiento al genio desconocido que me hizo vivir aquellos cinco minutos de zozobra. También a la empresa que me ofreció su colaboración en tan fatídico momento. Con seres humanos así de preparados y de dispuestos a ayudar al prójimo, sin duda seguiremos progresando.

Ramón PérezRamón PérezArticulista de OpiniónRamón Pérez