Opinión
Antonio Ares Camerino

Des-iguales

Los estudios realizados entre grandes grupos de población concluyen que la pobreza en sí se ha convertido en el primer factor de riesgo

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«Cuentan de un sabio que un día/ tan pobre y mísero estaba/ que sólo se sustentaba/de las hierbas que cogía/ ¿Habrá otro, entre sí decía/ más pobre y triste que yo?/ y cuando el rostro volvió/ halló la respuesta viendo/ que otro sabio iba cogiendo/ las hierbas que él arrojó/ Quejoso de mi fortuna/ yo en este mundo vivía/ y cuando entre mí decía/ ¿habrá otra persona alguna/ de suerte más importuna?/ Piadoso me has respondido/ Pues, volviendo a mi sentido,/ hallo que las penas mías,/ para hacerlas tus alegría/ las hubiera recogido». (‘La vida es sueño’. Pedro Calderón de la Barca. 1600-1681).

Desde hace años los estudios realizados entre grandes grupos de población concluyen que la pobreza en sí se ha convertido en el primer factor de riesgo, prevenible, de cualquier enfermedad y de la mortalidad por cualquier causa.

¿Son más pobres los pobres de países pobres, o los pobres de países ricos? Si a la pobreza la añadimos altas cotas de desigualdad, esa se convierte en lancinante. Las desigualdades sociales, económicas, culturales, educacionales, de género, vienen a justificar diferentes formas de enfermar, distintas maneras de asumir responsabilidades en cuanto a los cuidados, y lo que es peor, aceleran o enlentecen el tiempo que tardamos en recuperar esa precaria salud. Si a ello se les une la vulnerabilidad de determinados grupos, mujeres, infancia, personas mayores, excluidos sociales, las diferencias se marcan aún más.

El género influye en la incidencia y prevalencia de las patologías más comunes en nuestro medio. Además marca la diferencia en la forma individual de aceptar y asumir la enfermedad. La mujer, en su rol social de cuidadora, asume con responsabilidad las demandas asistenciales de la familia, mientras que el hombre, con su bajo nivel de tolerancia al sufrimiento físico, se deja llevar con los cuidados. El género y el estado civil influyen de manera clara en los autocuidados que nos dispensamos cuando hablamos de enfermedades crónica, como la diabetes, la hipertensión, las enfermedades neoplásicas, las enfermedades cardiovasculares. Los grupos de autoayuda para personas pacientes con enfermedades graves y crónicas o familiares de las mismas tienen un claro sesgo de género. Son las mujeres las que conforman esa red de ayuda al margen del sistema sanitario y de protección social, y que conforman un pilar fundamental del proceso recuperador.

¿Saben que el diagnóstico de una cardiopatía isquémica, a igualdad de edad y síntomas, se hace antes en un hombre que en una mujer? ¿Saben que los ensayos clínicos para la investigación de nuevos fármacos se realizan mayoritariamente en grupos de hombres? ¿Saben que en términos globales de calidad de vida la mujer va por detrás, como mínimo, una década con respecto al hombre? ¿Saben que la mujer es mucho más vulnerable a determinados contaminantes ambientales, sobre todo aquellos conocidos como disrruptores endocrinos? ¿Saben que el consumo de medicamentos comunes tienen una clara diferencia por género?. ¿Saben que para catalogar a una persona paciente como hiperfrecuentadora de los servicios sanitarios existen diferencias claras de género?

Iguales en esta Des-Igualdad que nos marca.

Antonio Ares Camerino