Ramón Sánchez Heredia - Opinión

La cultura de la violencia en nuestra sociedad

No es cuestión de leyes ni de tener un policía en cada esquina; es cuestión de recuperar valores como son los de tolerancia, respeto, diálogo...

Ramón Sánchez Heredia
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No es normal el ambiente actual de nuestra sociedad. Si hace unas décadas había una cultura que crecía de no-violencia, hoy la cultura que crece sin freno es la de la violencia. Basta con leer la prensa o escuchar la radio cualquier día para pensar quedarse en su casa y no salir. Además de las conductas delictivas violentas, que siempre han existido, nos encontramos cómo la violencia abarca muchos entornos cotidianos. Así crece desde la familia al deporte, sobre todo en las categorías juveniles y no por los jugadores sino por los adultos; crece en los espacios de ocio, en la dialéctica cotidiana y en las aulas; pero sobre todo en las redes sociales, un espacio de progreso que se ha convertido en un «antro», pues es más fácil no dar la cara para insultar, amenazar, coaccionar, calumniar, alarmar, asustar, etc. por acabar en lo más extremo, las alarmas creadas hasta en la Semana Santa por las carreritas justificadas o no. Para mí está claro, la cultura de la violencia avanza y se promociona. No es cuestión de leyes ni de tener un policía en cada esquina; es cuestión de recuperar valores como son los de tolerancia, respeto, diálogo... y de no-violencia como actitud ante la vida. La reacción sensata es que cada uno, se eduque en sus actitudes y trate de trasformar su entorno más cercano, cambiemos el rumbo de la sociedad, no sólo por nosotros sino por las generaciones juveniles, infantiles y las que vendrán.

Somos corresponsables todos de la sociedad, no vale ponerse de «perfil», tampoco vale simplemente el concepto de paz, como concepto vacío de falta de violencia física, pues eso es dejar la sociedad en manos del más fuerte, la ley de la selva.

Cuando hablo de PAZ, con mayúsculas, es cuando está basada en el valores de justicia, libertad y no-violencia, nunca del miedo o la fuerza. Esta paz se ejerce como estilo de vida de una manera educacional, racionalidad y la convicción de que es lo mejor para vivir en la sociedad los seres humanos. Una convicción que puede partir del primer no-violento de la historia, Jesús de Nazaret, que indicó que había que poner la otra mejilla, o desde una ética humanista. Ante esta cultura de violencia, vislumbro que está el dios dinero, si no qué sentido tiene la guerra fría armamentística que estamos viviendo el mundo. Si Estados Unidos, Rusia, China, Francia y Alemania, simplemente se gastaran un tercio menos de su gasto en nuevos barcos y aviones militares de última generación, se podría acabar en todo el mundo la epidemia del hambre, la falta de agua potable y la depuración de aguas residuales. Tampoco tiene sentido aquí en nuestro país que por índices de audiencia televisivas, que se convierten en dinero en publicidad, cómo la información de la violencia se ha trasformado por el morbo por la violencia, reiterándose imágenes inútiles de violencia, acostumbrándonos a ver como normal lo anormal. En este ámbito, omito adjetivos con tanta programación de películas y series, a cualquier horario, cargada con «salsa de tomate» y donde uno se puede preguntar, ¿quién es más violento el bueno o el malo?

Este artículo no es baladí, nos va mucho como sociedad e individualmente. En los últimos días, cien misiles han caído en Siria, una señora de sesenta años en Algeciras sufría una brutal y traicionera agresión para robarle un bolso, hinchas de fútbol se emplazan para combates antes de un partido, un grupo de cuatro hombres agrede sexualmente a una joven en la Comunidad Valenciana. Este es un paisaje que no me gusta ni acepto.

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