Copiemos lo bueno

La autoridad política es una forma de poder. Autoridad y poder se distinguen como medios opuestos para conseguir el acatamiento o la obediencia

Fernando Sicre
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La autoridad política es una forma de poder. Autoridad y poder se distinguen como medios opuestos para conseguir el acatamiento o la obediencia. Mientras que el poder consigue el acatamiento mediante la persuasión, la presión, las amenazas, la coerción o la violencia, la autoridad consigue el acatamiento mediante una obligación moral del gobernado que obedece. De ahí que aceptemos como legal y legítimo el ejercicio del poder, cuando la autoridad que lo ejerce es considerado poder legítimo, poder investido de legitimidad. Por eso se dice que cuando el Estado ejerce el poder, lo hace como autoridad. O sea, el Estado ejerce el poder legítimo. Incluso en muchas dictaduras totalitarias, se ejercitó el poder con algún grado de autoridad, al menos sobre aquellos ciudadanos ideológicamente comprometidos con el régimen, o bien aquellos que habían quedado hipnotizado con la fascinación de sus dirigentes. El golpe de Estado es el paradigma de poder sin autoridad. Bueno, en Cataluña la hipnosis desatada en la mitad de su población desde que el dirigente carismático y corrupto Puyol comenzó el hechizo, ha intentado aparentar una simbiosis entre ejercicio del poder y autoridad. Todo lo que se ha creado en el nordeste del Ebro, son fantasías producidas por el embrujamiento en forma de paranoillas colectivas. Pero, si hablamos de poder político y burocracia acojamos la forma de dominación que identifica Weber como autoridad legal-racional. Ésta es la que domina las sociedades modernas. En las que la autoridad actúa a través de la existencia de un cuerpo de normas legales que conforman el Ordenamiento jurídico. Por eso se dice que la autoridad legal surge del respeto al imperio de la Ley. El poder que ejerce cualquier cargo de gobierno, miembros del legislativo o del poder judicial y por supuesto cualquier funcionario, están determinados por el conjunto de reglas formales que conforman el Ordenamiento jurídico, cuya cúspide es representada por la Constitución, que limita el modo de operar de quien ocupa cualquier cargo revestido de ‘imperium’.

Pues bien, algunos golpistas catalanes han sido puestos en libertad y otros presumiblemente lo serán en breve. Al menos algunos de ellos. La razón esgrimidas a modo de defensa es la de poder participar en la campaña electoral. Para ello se les ha exigido desde la instancia judicial el acatamiento del artículo 155 de la Constitución. Llegó a «prometer» la golpista Forcadell que en adelante hará uso de su ideología separatista, a través de los cauces legales. Dijo que dejará la política y a los tres días fue incluida en las listas de ERC. Sí consigue el escaño, deberá jurar o prometer cumplir las obligaciones del cargo con lealtad al Rey y guardar y hacer guardar la Constitución como norma fundamental del Estado. Es lo que dicen los artículos 1 RD 5 de abril de 1979 y 108 Ley Orgánica del régimen electoral general. Forcadell era presidenta del Parlamento catalán, debió jurar o prometer el acatamiento de la Constitución, lo que se convirtió en un manifiesto y flagrante incumplimiento. ¿Cómo es que ahora para salir solo se le exigió acatar el artículo 155? Qué duda cabe que es un acatamiento falso y a las pruebas me remito.

En España somos acomplejados para todo, sobre la base de que la losa que supuso la Dictadura sigue sobre nuestras cabezas. Somos unos maricomplejines. Tomemos lecciones de los EE.UU. Democracia arraigada donde las haya. Su Enmienda XIV dice que cualquier cargo constitucional, amén los propios funcionarios con poder de ‘imperium’, que participen en una insurrección o rebelión, directamente o prestando ayuda o protección a ello…no podrán ocupar ningún empleo civil o militar que dependa de los EE.UU o de cualquiera de los Estados que lo componen. No copiemos solo los hábitos de consumo, no nos quedemos sólo con el “Black Friday”, copiemos e incorporemos en nuestro Ordenamiento aquello que salvaguarde el Estado y la nación española.

Fernando SicreFernando SicreArticulista de OpiniónFernando Sicre