Francisco Apaolaza - opinión

Una cama de nieve y estrellas

En los años 90, Tomek Mac-kiewicz era un yonki. Después cambió el ‘caballo’ por la montaña

Francisco Apaolaza
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En los años 90, Tomek Mac-kiewicz era un yonki. Después cambió el ‘caballo’ por la montaña. En las fotos que hay de él, mira el mundo con dos ojos azules, satisfechos y calmados como un muelle de verano. Pasó ocho años en el Nanga Parbat en Pakistán, enfrascado en la obsesión de hacer cumbre en invierno en la montaña asesina. Muchos de esos viajes los hacía solamente con billete de ida y después trabajaba en la zona para pagarse la vuelta, porque era ese tipo de gente que compra solo el billete de ida. En ser el primero le adelantó Alex Txikon el pasado año, pero el viernes lo consiguió él mismo acompañado de Elisabeth Revol. Al descender, las cosas se pusieron feas. Estaban congelados, y él sufría un edema pulmonar. Denis Urubko y Adam Maliecki formaron una expedición de rescate y se tiraron a buscarlos. Saltaron de un helicóptero y subieron 1.200 metros en ocho horas, de noche, con viento y a 40 bajo cero. De pronto, en la oscuridad, Urubko, que jadeaba como un perro, vio un bulto moverse unas decenas de metros más allá y gritó «¡Elisabeth... me alegro de verte!». He escuchado decenas de veces la grabación del momento e intuyo en ella el aliento de lo divino. Revol venía de solo Dios sabe dónde, negociando cada paso con la desesperación y el abandono, que siempre es la muerte. Veinte metros por hora. Había tenido que abandonar a Tomek, que sufría un edema severo y quién sabe lo que le dijo al dejarlo durmiendo su cama de nieve y estrellas. Los rescatadores no pudieron llegar a él.

Los montañeros son mensajeros de vida, incluso los que mueren, porque financian los sueños de los que nunca osaremos mirar a la suerte tan de cerca y tan a los ojos. Zerain, Iñurrategui, Iñaki Ochoa de Olza concibieron el cielo y pagaron el precio. Los que no entienden a los montañeros son los que no entienden nada en general. No sé si valió la pena, o incluso si hay que abordar solamente los retos que valen la pena. Tendremos que hacer las cosas por existir tal como somos y seguir las fuerzas que nos impulsan a escapar del cálculo matemático de las probabilidades, de las vidas en Excel y los sueños de estación de metro. Vivir un día como un tigre mejor que cien años como una oveja. Deberemos tarde o temprano desechar el algoritmo, ambicionar lo descabellado, abrazar al miedo y atacar las cumbres que quizás nunca logremos coronar. También aquellas de las que quizás no logremos descender nunca. Y cuando creamos morir, seguir caminando como Revol y sus 20 metros a la hora hasta que aparezca Urubko a gritarnos «Me alegro de verte».

Cada uno de nosotros tiene un Nanga Parbat y el deber de atacarlo si no quiere darse cuenta un día que ha vivido como un mierda. Los alpinistas nos redimen de nuestra mediocridad conservadora, del por qué no lo hice, del por qué no me atreví, del por qué no la llamé. Cuando cae uno de ellos pienso en su pequeño cuerpo acunado en su cama de nieve, cielo y estrellas como un monumento al único ejercicio exclusivamente humano: soñar. Mikel Laboa lo escribió en euskera en ‘Txorian Txori’, una de las canciones más bellas que se han escrito, y en castellano viene a decir esto: «Si le hubiera cortado las alas / habría sido mío / no se me habría escapado. / Pero así habría dejado de ser pájaro / y yo lo que amaba era el pájaro».

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