OPINION

Aquí, adotrinando

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En tiempos de mojigatería, en los que cada uno tiene al menos un púlpito, cuesta más confesar. Pero cuando se sabe que la tara es común, duele menos. A ver, tengo vicios. Varios y gordos. De los que se practican a escondidas porque así saben mejor. Uno de ellos es darle vueltas a las palabras, frases o expresiones de moda. Buscar su origen, curiosear. Que si son un galicismo deformado, un anglicismo pedante, que si un error puro o un horror de curso legal. Contar cuantas veces la leo, la escucho, en un día, buscar un par de definiciones en diccionarios distintos para comprobar, casi siempre, cómo el uso excesivo aleja su significado del original. Hay muchas, varias al mes. Nacen y mueren como insectos del léxico, en cuestión de unas horas, de algunos días. Sabes de lo que te hablo: de tus castas todas, por ejemplo.

Entre las últimas, ya en retirada, me fascinó el «adoctrinamiento». Lo primero que hice fue buscarla en el diccionario y, cagontó, la primera bofetá. La Real Academia la admite también sin ‘c’. Por hacerme el creativo profundo, por distinguirme como artista muy atormentado, como si sacara una comparsa rara, la usaré a partir de ahora así. El adotrinamiento es «instruir a alguien en el conocimiento o enseñanzas de una doctrina, inculcarle determinadas ideas o creencias». Sin más. No more.

Como comprobarás, camarada, camarado, nada peyorativo en su modesta semántica. Buscamos el centro adotrinador que adotrine a los nuestros en la dotrina elegida. Puede ser religiosa o laica y ya no se sabe cual es más puritana e insoportable. Le damos muchas vueltas, lo pensamos. Sopesamos, so pesados, qué tal adotrinador será ese o el otro para nuestros cachorros. Que los prepare, que los lleve por la senda correcta del bien o del mal, pero que avancen. También son importantes los compañeros de clase, la pinta y el credo, creo. Pero, en suma, no quiero asustar a nadie, aquí también se adotrina. Y mucho. Con la complicidad del adotrinado y el adotrinando a sueldo, como allí en Transilvania.

De hecho, luego tratan de adotrinarnos los medios que elegimos para que nos adotrinen y hasta tratamos de hacerlo entre semejantes -pero de lejos, que corra el aire- en internet a diario. Esos mismos, nuestros contactos en Berlín, en Moscú o (más generalmente) en el Mentidero, intentan lo mismo con nosotros simultáneamente. No hay nada de malo en adotrinar ni en ser adotrinado, hacemos lo segundo casi toda nuestra vida y lo primero en cuanto somos adultos (los que lo sean alguna vez). Todo quisqui (ésta estuvo de moda en la Edad de Bronce).

JOSÉ LANDIJOSÉ LANDI