Yolanda Vallejo

The American Dream Yolanda Vallejo

Hay quien sostiene que la realidad siempre supera a la ficción

Yolanda Vallejo - Actualizado: Guardado en:

Hay quien sostiene que la realidad siempre supera a la ficción. Yo no estoy del todo segura, porque si bien es cierto que toda ficción tiene una base de realidad, también es cierto que toda la realidad se sustenta en una serie de prejuicios, capaces de alterar la percepción de los sentidos, hasta el punto de convertir en «real» la cosa más delirante. De esto sabían mucho los griegos –de esto, y de otras cosas, pero siempre les hicimos poco caso– y sabían perfectamente que lo verosímil tiene apariencia de verdad, pero no siempre tiene por qué serlo; decía Platón que «la gente no se inquieta lo más mínimo por decir la verdad, sino por persuadir, y la persuasión depende de la verosimilitud». De ahí, que declaraciones como las de Ramón Espinar y su operación VPO, sean verosímiles pero no sean necesariamente veraces, de ahí que parezcan realidad, pero no sean más que ficción, y de la más burda. El mundo de la política se parece muchísimo al de la poética, entendiendo la poética como «el arte de contar las cosas no como sucedieron, sino como deberían haber sucedido», es decir, adobando el pescado para disimular el olor a podrido. En esto estamos de acuerdo. Hace tiempo que los ciudadanos –y las ciudadanas, también– nos dimos cuenta de hasta qué punto tenemos un voto, una opinión, un pensamiento, fácilmente manipulable. Acuérdese de cómo los marbellíes otorgaban mayorías absolutas al impresentable de Jesús Gil, o de cómo la Universidad se rendía a los encantos intelectuales de Mario Conde, por citar solo dos casos de los más llamativos, o de cómo Rodrigo Rato personificó durante un tiempo la honradez y la honestidad de miles de españoles. Después de visto, todo el mundo es listo, dirá usted. Y tanto. Porque metidos en la caverna –los griegos, de nuevo– es muy fácil confundir las sombras que se proyectan, con la realidad.

Hasta no hace mucho, lo más cercano a un presidente norteamericano negro que habíamos tenido era Morgan Freeman despidiéndose del mundo en ‘Deep Impact’, es decir, pura ficción. Pero aquel 4 de noviembre de 2008, el sueño americano se hizo realidad en Barack Obama y su ‘Yes, we can’, que olía a nuevo en mundo que disimulaba sus polillas con naftalina. Un negro –no es incorrección, es realidad–en la Casa Blanca, moviendo las agujas de un reloj que marcaba la «hora de caminar juntos», en un planeta que ni se imaginaba la que se le venía encima. Tampoco nosotros, en aquel 2008 sabíamos de la misa la media, pero respirábamos –o eso nos parecía– el mismo aire limpio que nos venía del Oeste. Y luego, el efecto mariposa, esa ficción ideada para dar sentido al caos, o para que parezca que se lo da; ya le dije que no es lo mismo verosímil que verdad. Y luego, todo lo que hemos vivido en estos ocho años.

Porque lo peor de los sueños es que, como dijo Segismundo «sueños son». Y se terminan. Y la mayoría de las veces, no se cumplen. Por eso, el martes, los norteamericanos vuelven a las urnas para elegir, esta vez, entre lo malo y lo peor. Ninguno de los dos candidatos parece, ahora mismo, la mejor de las opciones, ninguno de ellos cuenta con los suficientes apoyos nacionales –ni internacionales, casi– como para ocupar el sillón con una cierta tranquilidad. No es el mejor de los escenarios posibles; en estos momentos, una mujer presidenta, la primera en la historia, sería solo eso, un hecho histórico –del estilo Obama– porque el país más poderoso del mundo no se siente muy identificado con las políticas propuestas por la mujer de Clinton –hasta en eso lleva desventaja, no será «una mujer», sino «la mujer de». Eso es lo malo. Pero no es lo peor. Lo peor es, sin duda, el candidato republicano. Esa especie de salvapatrias que ha ido comiéndose un terreno pantanoso y que, a día de hoy, –y ojalá me equivoque– parece un rival más fuerte de lo que pensamos por aquí.

Estados Unidos es un país muy potente, muy grande y muy cateto. Donald Trump es xenófobo, misógino, impresentable e ignorante –por ser suave-, pero seduce y persuade. Y ya le dije antes lo de la persuasión, lo verosímil y lo real. Ante un electorado cansado de la clase política, se ha vendido como un ciudadano libre –y millonario– que no debe pleitesía a los bancos, ni a los grupos de presión. Un empresario hecho a sí mismo que ha puesto el foco de forma especial en la insatisfacción de los americanos acerca de su situación económica, con mañas de Blacamán; es decir, subir los impuestos a los ricos, regular –¿regular?– la inmigración, apoyar el ‘Medicare’… ¿le suena?

Pues dice un refrán castellano que cuando las barbas de tu vecino veas pelar, conviene poner las propias a remojar. Porque no olvidemos que todo lo americano es exportable, y aunque por estas latitudes somos más de parodia que de tragedia griega, el sueño americano puede traducirse en la pesadilla española.

Hay que estar atentos. De lo que pase el martes, va a depender, en gran medida, nuestro futuro, y no pinta nada bien.

Yo, casi que prefería a Morgan Freeman, qué quiere que le diga. Por lo menos, me parecía verosímil.

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