José Landi

Alsasua, Reus, Cádiz

Hace meses que tengo una teoría. Todos los cretinos las tenemos

José Landi
CádizActualizado:

Hace meses que tengo una teoría. Pero todos los cretinos las tenemos. El adorado y resucitado Walter Arias tenía una para cada momento, como buen patán. Pero ésta me da miedo. Y el miedo lleva al odio –¿o era al revés?– según dijo Yoda, un maestro que me dio Filosofía en BUP. Lo mejor puede ser soltarla para que pese menos y se evapore. Sucede mucho con las preocupaciones. Es contarlas y asustan la mitad.

La recordé leyendo con pavor el relato de una víctima de la paliza de Alsasua. Era todo eso que los lectores de ‘Patria’ conocen. Casi cualquier lector de más de 30 años, cualquier espectador con memoria. El ahogo del silencio alrededor. El miedo por la palabra retirada. La mirada, no. La pintada y la pregunta ¿no estarás con esa? ¿eres amiga de ese? Los calificativos como piedras 4.0: rojo, abertzale, facha, maketo, aporellos, txakurra, charnego, indepe, andaluz, golpista, radical... Los guetos sin muros pero con vigilantes. Los que están dentro se encierran voluntariamente por ser los mejores españoles, catalanes, gaditanos, vascos… Cualquier forastero es sospechoso. La selección ideológica o territorial de amistades y parejas, de familia. El boicot al negocio de los padres, o los hijos. El asco por el enemigo y por su familia, sus amigos. El recuerdo conservado en rencor de lo que tu padre le hizo al mío, de lo que tu abuelo le hizo al mío, de lo que tu compañero le hizo a mi amigo. Es un fracaso colectivo colosal que tantos jóvenes ahora odien, como sus padres no hicieron, por lo que sucedió entre sus abuelos. Algo fue aterradoramente mal. Los que dijeron olvidar hace 40 años lo que pasó durante en los anteriores 40 mentían. O no pueden. Quizás aquello es imperdonable. De lo contrario, no se explica. Al leer, me preguntaba: ¿cuántas alsasuas quedan? ¿cuánto durarán? Creo que muchas, que mucho ¿cuántas estarán surgiendo en Cataluña hasta mitad de siglo? ¿y cuánto durarán luego? ¿cuánto tiempo miraremos con recelo –que es miedo y odio barato, de oferta– a los que vengan de aquellas alsasuas a la nuestra? ¿Cuántos lugares de allí –barrios de aquí– habrá a los que mejor no ir por ideario, oficio o uniforme? En los que mejor no entrar, en los que nadie perdonará que le tengas cariño a esa, que tu pareja piense «así».

La teoría es que esa borrokización de la vida rutinaria se ha contagiado a toda España –ese país en cuyo nombre y territorio se usó tanta violencia, tanto odio, en demasiados sitios durante demasiados años del pasado siglo–. Como en la teoría de los vasos comunicantes, cuando ETA dejó de matar, todos parecimos recibir en herencia una minúscula piedra negra del odio que encerraba. Se ha quedado pegado en porciones por todas partes. Salvo excepciones como la de Alsasua, sin violencia física –tan mal vista– pero con todas las demás. Hace tiempo que lo percibo aquí (da igual dónde vivas y cuándo leas). Te hablo del mejor no coger por allí a esta hora que están éstos. Del mejor no entrar ahí. Del como entre se va a enterar. Una versión democrática, mínima, atroz y nueva del miedo de siempre.

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