Ramón Pérez Montero - OPINIÓN

Al-kalat Ramón Pérez Montero

El poder que dan las urnas no tiene parangón con el de toda una vida de estudio y dedicación al instrumento

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Se fue el verano de 2017 dejando abierta una grieta en mi espíritu. Acudir al municipio hermano de Alcalá en agosto, durante los doce últimos años, para deleitarme con los Solistas de Londres, se había convertido ya en parte de mi dieta cultural. Este verano ese gozo ha quedado insatisfecho.

Desconozco las razones que ha llevado al Ayuntamiento alcalaíno (o a un oscuro negociado en Diputación) a borrar la música clásica del cartel de su festival y a plantear una oferta exclusivamente flamenca. Pero, parafraseando a Dumas padre, se me ocurre espontáneo un ‘cherchez l’argent’, que sitúa el dinero en el lugar donde el novelista galo colocaba a la mujer. He de reconocer que ya me estaba sonando muy extraño que los que vivimos en este rinconcito pobre (aunque no por ello menos digno) del mundo pudiésemos seguir disfrutando, en los tiempos de la evaporación monetaria, del regalo que estos concertistas ponían en nuestros oídos a un precio al alcance de los bolsillos de la gente del común, aunque con el crédito de un mínimo de sensibilidad cultural.

Que Matthew Coman, director de los Solists, eligiera nuestra tierra para asentarse en ella y atraer a sus amigos concertistas fue una especie de milagro que ahora alguien, tras alguna mesa de despacho, se ha encargado de guillotinar por considerarlo falto de interés o por la manida falta de presupuesto. Es lo que ocurre cuando el gestor público (ya el director de no sé qué, ya el concejal de cultura de turno) se cree más importante que, pongamos por caso, un intérprete de violín. El poder que dan las urnas no tiene parangón con el de toda una vida de estudio y dedicación al instrumento. El calibre del cargo y el manejo aturullado del presupuesto no admite comparación con el rasgado de unas cuerdas o el golpeo de teclas de un piano.

Lo que estos excelsos músicos han dado a nuestra provincia durante los doce últimos años quedará, cuando menos, en el espíritu de quienes pertenecíamos gozosos a su cofradía de fieles. En nuestra memoria vivirán sus galas líricas o los magníficos conciertos en lucha contra ese viento de levante que arrancaba con rabia las partituras de los atriles. Imagino que también los jóvenes intérpretes gaditanos que tienen que enfrentarse no sólo al rigor de las notas y las leyes del solfeo, sino sobre todo al hecho de querer iniciar su carrera en este páramo estéril de la cultura musical clásica que es nuestra provincia, van a echar muy en falta las oportunidades, lectivas y de ejecución de cara al público, que Matt y su gente les brindaban.

Sea como es o como fuere, lo cierto es que los oídos de algunos de nosotros han quedado huérfanos de la caricia de sus notas. Una cosa sí que deben tener presente aquellos gestores de lo público que puedan albergar serias dudas sobre el hecho de haber estado tirando el dinero: de ninguna manera ha sido echarles rosas a los puercos. Esperemos que los arroyos secos de nuestra economía fluyan nuevamente hasta el punto de que un alcalde no sólo preocupado por los asuntos urbanísticos, o mismamente un concejal de cultura al que no le venga demasiado ancho el cargo, estimen que se puede dedicar parte del presupuesto a sembrar un poco de armonía, siquiera musical, en la tierra baldía de una sociedad crecientemente invadida por las malas yerbas del odio.

A Matt y los suyos solo nos resta darles las gracias.

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