OPINIÓN

¡Cai!

Si preguntan a cualquier gaditano, del tirón le salen como mínimo cinco nombres

Ignacio Moreno
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Si preguntan a cualquier gaditano, del tirón le salen como mínimo cinco nombres. U ocho, o diez, o doce. Personajes con los que hemos crecido, con los que nos hemos reído. Ojo, con ellos, no de ellos. Al menos la mayoría de los gaditanos de bien. En algunos casos hasta les hemos temido, pues ya se sabe que en la tierna infancia todo se reviste de misterio en lo que a leyendas urbanas se refiere. Desde Marchena ‘pigüito’ al ‘Troy’, pasando por Carlos ‘El Legionario’, ‘Kid Betún’, el ‘Muo’ del Palillero o ‘La Petróleo’. Son personas que con los años se convirtieron en auténticos personajes, en el mejor sentido de la palabra, de Cádiz. En su día a día. En su idiosincrasia. Esta ciudad no se entendería sin ellos. Los distintos avatares de la vida, en algunos casos auténticas desgracias personales, llevaron a muchos de ellos a vivir en la calle. Y se fusionaron con el paisaje de la ciudad. Convivimos con ellos y se ganaron el respeto de la gente. No de toda, porque siempre hubo quien se burló de sus desgracias. Pero sin duda Cádiz es más Cádiz gracias a personas como ellas. Gracias a la tristemente desaparecida el pasado viernes María del Carmen Gutiérrez, la ‘Uchi’.

Seguro que en cada ciudad, en cada pueblo, hay personajes así. Los habrá en Cuenca, en Lugo y en Albacete. Pero dudo que sean tan auténticos, tan puros, tan simpáticos, como los nuestros. La ‘Uchi’ nos dejó el viernes, pero no se va a ir nunca. Mientras nos acordemos de sus anécdotas con su bici, de su obsesión por los uniformes, de su simpatía, seguirá viva. Como lo está ‘Marchena’ cada vez que lo recordemos caminando por la avenida. O como lo seguirá estando ‘El Troy’ cada vez que veamos las escaleras del Puerta del Mar y lo evoquemos junto a su madre y su cartón de DonSimón. Dicen que en realidad era rico y lo perdió todo. Puede que sí, pero también puede que no. Ya saben, el misterio, ese misterio que rodea a los grandes personajes.

Es imposible no evocar una sonrisa al acordarnos del ‘Satur’, un profesor, enorme como un oso, que perdió la cabeza y que escribía unos mensajes extrañísimos en las paredes. Una sonrisa ahora, porque su apogeo por las calles gaditanas a mí me cogió de adolescente y cruzártelo daba pavor. Profería unos gritos que te dejaban helado. Un poco como la actual ‘Alemana de la flauta’ versión trinquete masculino en los años 90. Anécdotas con ellos hay a miles. Muchas de ellas absolutamente falsas. Pero igualmente tronchantes. Como la de Rafael ‘El bizco’, al que actualmente podemos ver en sus labores como repartidor. Hace años trató de batir el récord mundial de horas en bicicleta dando vueltas alrededor de la Plaza de España. Con dos amigos que le agarraban cuando quería hacer sus necesidades. Un numerito. Allí estuvo el tío varios días, pero no lo consiguió porque algún niñato lo derribó de una pedrada en la cabeza. Esta es verídica. En serio. Caiiiii.

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