Gabriel Albiac

El rey y los poderes

No hubo retóricas ni ambigüedades. Es la virtud más alta que cabe atribuir a un monarca parlamentario: la fuerza simbólica

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Escribí aquí el lunes que el golpe de Estado habría triunfado si en el curso de ese día no se procedía a hacer caer la justicia sobre los caudillos de la sedición en Cataluña. Y si citaba al teniente Trapero en primer lugar, es porque sobre un mando armado recae el mayor peso en el cumplimiento de la leyes. Por esta constancia escueta: en sus manos pone la ciudadanía el oficio de las armas. Que pueden ser usadas para salvar la vida de los ciudadanos o para destruirla. Y lo único que distingue un uso del otro es el atenimiento literal a lo que las leyes dictan. Sin atadura implacable a la ley, un cuerpo armado se trueca en una partida de gentes que poseen arbitrio para tirar o no de su armamento. No existe –no existe– un peligro mayor para una sociedad libre. Que el responsable máximo de desobedecer las órdenes ejecutivas y judiciales dictadas a la policía autónoma catalana siguiera impune y al mando de su tropa, era el síntoma de un vacío de poder en Cataluña. Y la constatación de la germinal puesta en marcha de un ejército privado al servicio de los golpistas.

El lunes fue, para mí y para tantos, una jornada de desasosiego. Que el golpe había triunfado lo proclamaba la impotencia del gobierno para tomar una sola medida. ¿Coercitiva? Sí, claro. La coerción –junto al consenso– es una de las atribuciones definitorias del Estado. No hay ley que se imponga por gusto y muy pocas que lo hagan sólo por benevolencia. Si el Estado es, como Sieyès quería, la garantía de que los más brutales no machaquen a los más débiles, lo es precisamente porque su capacidad de coerción, su fuerza, puede exhibirse como más alta que la de cualquier sujeto privado. Sin ese último respaldo, el Estado no existe. Y sin Estado, sólo hay el salvajismo de la guerra de todos contra todos y del triunfo de los más crueles.

La mañana del martes fue más demoledora aún. Las palabras de la vicepresidenta Santamaría, anunciando que no había pasado nada y que todo estaba por completo controlado, me trajeron a la memoria el memorable título inglés de la novela de Arthur Koestler sobre el totalitarismo: Darkness at Noon, "oscuridad a mediodía". O sea, potestad de proclamar lo contrario a lo que se está viendo, con la frescura de quien enuncia una evidencia.

No esperaba nada ya. Salvo decir que la indignidad de nuestros gobernantes había sobrepasado todos los límites. Me senté a escuchar la alocución real con el abatimiento de aquel que da por perdida la batalla. Y me quedé enseguida estupefacto. Desde su arranque, el discurso de Felipe VI era la amarga constatación de que no, de que nada estaba bajo control. Y el llamamiento a acabar con tal desidia. "Los poderes del Estado" eran convocados a truncar el éxito de quienes habían violado la ley en su punto de riesgo más alto. Y, súbitamente, la inflexión se produjo. Y la victoria de Trapero y Puigdemont dejó de ser una evidencia.

Un jefe del Estado, en un sistema garantista, está con toda exactitud para eso. No posee ninguna función ejecutiva. Precisamente por ser la encarnación simbólica de la nación, cuya fuerza se ejerce sólo a través de los tres poderes: legislativo, judicial y ejecutivo. A los tres llamó ayer el rey a cortar la sedición. Y era, con exactitud, lo que a su lugar simbólico atañía. No hubo retóricas ni ambigüedades. Es la virtud más alta que cabe atribuir a un monarca parlamentario: la fuerza simbólica. Ahora, la fuerza material es cosa de esos tres poderes. Y suya será la responsabilidad de lo que pase.