Volver a la mili

Lo de Macron será más bien una acampada de los Boy Scouts

Luis Ventoso
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Existen tres síntomas de que un hombre se va haciendo viejo (y espero que la corrección política me disculpe por ocuparme de tan vilipendiado bípedo). El primero es una creciente pérdida de paciencia para las gilipolleces ajenas. El segundo es que se comienza a reparar en una pequeña glándula que atiende por próstata. El tercero es que cada vez te topas con menos personas que han hecho la mili.

Nunca he vuelto a tener una sensación tan acusada de perder el tiempo como en mi año en la mili, a pesar de que no resultó en absoluto una experiencia problemática. Tras acabar la Universidad, pillé el bus urbano, me fui al cuartel que me tocaba, en la otra punta de mi ciudad, e inicié el servicio militar obligatorio. Pasé por «la instrucción» (aprender a llevarte la mano a la sien con gesto eléctrico, y a desfilar, o llamémosle así). Me enseñaron a montar y desmontar el afamado fusil de asalto Cetme, alias «el chopo», aunque para mi aquello era el cubo de Rubik. Hice guardias en una garita sobre un muro blanco, pasando pelete bajo el ventarrón coruñés para vigilar una calle más vacía que una licorería en Riad. Debajo del verdugo -alias «la braga»- escondía una minúscula radio para entretener el muermo y no dormirme. Luego nos llevaron al monte y nos enseñaron a disparar. Entretenido. Además una de las primeras medidas del mando fue montar una cantina de campaña, donde los quintos de Estrella Galicia desfilaban por cajas (y no es hipérbole). Luego, dado que era periodista, me destinaron a una oficina: el Servicio de Recreo Educativo del Soldado, con dos brigadas majetones al frente. Allí recibíamos los informes de las actividades de ocio de toda la Región Militar Noroeste. Me aburría tanto que un día me inventé un informe: «Campeonato de Pesca Submarina con Arpón en el Río Sequillo». Mi brigada, que no era precisamente Isaac Newton, empezó a leer el informe. Solo dio un respingo cuando llegó a «captura de un mero». Entonces me cayó un chorreo a gritos, pero al final a él también se le escapaba la risa con los meros zamoranos y no me arrestó. Aun así recaí en el mal. Semanas más tarde, mi compañero de oficina se quedó sopa en una silla, sesteando después de comer. Por hacer la coñita le pegué un par de posits en el uniforme y otro en la gorra: «No molestar, que estoy fumao». El brigada lo despertó a collejas… Algunas veces aquello parecía un capítulo de Benny Hill.

Pero a la mili le reconozco un valor muy importante: era el único lugar donde convivían ciudadanos de toda España y de todas las clases sociales. Aportaba argamasa al país. Permitía que muchos descubriesen que el mundo no se acababa en su parroquia. Fomentaba la cohesión nacional, un cierto patriotismo. Ahora Macron, un presidente adicto al gesto cosmético, quiere recuperar la mili obligatoria en Francia. Durará un mes y será mixta. Pero eso ya no es el servicio militar, sino más bien el «Manual de los Jóvenes Castores» de Disney. El tiempo fluye. No se puede retornar a lo ya extinto. La ocurrencia de Macron, como tantos de sus tanteos imperiales, se quedará en una acampada de los Boy Scouts.

Luis VentosoLuis VentosoDirector AdjuntoLuis Ventoso