Luis Ventoso

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Nada como recuperar el trono cuando te dan por desahuciado

Luis Ventoso
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De Frank Sinatra ha quedado una imagen grandiosa, pero un tanto superficial. Se aplaude la magnitud irrefutable de su arte, pero como si fuese un don que le tocó de chiripa en la cuna. Al final perdura un cliché que lo resume como un mafiosete apegado al bourbon, frívolo y de juerga perenne en Las Vegas. No es toda la verdad. Sinatra fue un creador meticuloso, de finísimo oído para los arreglos –pese a sus problemas auditivos– y que trabajó con denuedo para reinventar su voz: La Voz. Entre 1942 y 1945 reinó como el joven monarca de un nuevo culto: la "sinatramanía", con las primeras escenas de fans histéricas. Pero en 1950, con solo 34 años, se le dio por amortizado. Sus discos se vendían poco y la Columbia lo despidió. Sus expansiones adúlteras y sus amistades gansteriles mellaban su popularidad. Las cuerdas vocales comenzaron a fallarle y hasta anuló un concierto en Nueva York por una hemorragia de garganta. Hundido y desconcertado, buscó refugio en los hoteles-casino de Las Vegas, donde se arrastraba en aforos con media entrada. Pero Sinatra logró reinventarse. Trabajó a destajo para modificar la atmósfera de su cancionero. Mimó al máximo las grabaciones (hasta 22 tomas para registrar una tonada de Cole Porter). Incluso comenzó a bucear para ampliar su capacidad pulmonar. Aprendió a respirar y frasear de otra manera, perfeccionó su ya excelente dicción. Sus nuevas canciones se convirtieron en "el arte de la intimidad". A finales de los cincuenta volvía a estar en órbita. "He vuelto, he vuelto", proclamaba eufórico. Era cierto.

De todo lo que ha hecho Nadal en su excepcional carrera, la mejor de un deportista español, nada tan conmovedor como lo que ha logrado este año: volver, emerger como el mejor cuando todo tipo de agoreros lo daban por liquidado. El brillo de sus podios eclipsa la cara B de su biografía, todo lo que ha tenido que superar. En 2005, con solo 20 años y recién firmados sus primeros triunfos, sufrió una lesión tan compleja que algunos vaticinaron que no volvería a jugar. En 2012, su annus horribilis, se pasó casi ocho meses en barbecho por la rotura del tendón rotuliano de su rodilla izquierda. Los buitres volvieron a volar: está acabado, no ganará otro grande. En 2015, él mismo admitió que se encontraba mentalmente bloqueado, abatido, agarrotado.

Rafa es multimillonario. Sin contar la publicidad, solo por premios en los torneos, ha ingresado 90 millones de dólares. La tentación era fácil: con un palmares de leyenda y una vida económica híper resuelta, ¿para qué seguir?, ¿por qué continuar machacándose por las pistas, batiéndose con jóvenes bombarderos más jóvenes y rápidos? Pero Nadal eligió "la ruta del sacrificio", que decía la canción de Calamaro. Se propuso lo imposible, volver a ser el mejor del planeta, y tomó medidas para ello. Aprendió a dosificarse jugando menos. Cambió su alimentación y empezó a dormir más. Abrió su clan cerrado a un nuevo preparador (Moyá). Hasta varió su juego, haciéndolo más agresivo (dieciséis subidas a la red en la final del US Open y en todas llevándose el punto).

Nadal ha vuelto. La parábola de la mejor España.

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