José María Carrascal

El día de la verdad

Las cosas han llegado a un punto que no sirve la mesura. No puede haber ni siquiera empate

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O de la mentira. No lo sabremos hasta la noche. Lo único seguro es que será decisivo para los catalanes y para el resto de los españoles. Un éxito del referéndum por ilegal, virtual o falso que fuese abriría a los nacionalistas el camino hacia la independencia. Su fracaso claro y rotundo nos traería a los españoles años de respiro con la «cuestión catalana». Incluso podría disolverse en el túrmix de la globalización. Nos la jugamos todos.

¿Quién se impondrá? Los secesionistas tienen las urnas, las papeletas, los locales, los fans enardecidos tras ellos. Pero les falta, aparte de la legalidad, la coordinación. Aunque los mossos miren para otro lado, esas urnas tienen que ir de donde están escondidas a los colegios electorales, pudiendo interceptarse. E incluso si entran, faltan el censo oficial, los interventores, el recuento, la transmisión de datos, al haberse bloqueado la central electrónica de la Generalitat, lo que imposibilitará al «voto telemático» previsto como último recurso. O sea, va a ser una parodia, una farsa, en el mejor caso, un esperpento, en el peor. Aunque a ellos les da igual. Están dispuestos a venderlo como algo real, legal, reconocido. Incluso nos adelantan los resultados: votará el 80% del censo, el 60% afirmativo, anunció Junqueras ayer, aumentando las sospechas de pucherazo. Como las urnas opacas.

El gobierno tiene a su favor, aparte de la ley, del poder judicial y de la inmensa mayoría de los españoles, unas fuerzas de seguridad curtidas en todo tipo de asalto al Estado, desde la lucha contra Eta a los violentos disturbios callejeros posteriores. Su mayor problema es que, esta vez, pueden encontrarse ante multitudes que usan niños como escudos. Claro que el gobierno catalán se esconde tras sus ciudadanos en la arremetida contra el Estado, lo que habla de poco valor por parte de todos ellos. Pero si se reúnen cientos de miles, como amenazan, será difícil manejarlos y, en cambio, muy fácil que ocurra un incidente grave que pusiera todo patas por alto.

Las fuerzas, como ven, están equilibradas y el resultado puede ser equívoco. Si ambas partes claman victoria, quedaríamos como estábamos, sólo peor, con el gobierno central disponiendo de argumentos sobrados para invocar el artículo 155, asumir las funciones del gobierno catalán, acusarle de desobediencia, malversación de fondos, sedición incluso, y éste declarando sin más la independencia enarbolando el «sí» del referéndum espurio. Algunos dicen que la salida son unas elecciones regionales en Cataluña, que despejen aquel embarrado escenario. ¿Por qué no también en España, donde las cosas están no más claras? Pero antes tenemos que saber qué ocurre hoy. Yo espero lo mejor, aunque me preparo para lo peor. Lo único bueno es que los catalanes se están portando como auténticos españoles y el gobierno español con la mesura que se suponía a los catalanes. Lo malo es que las cosas han llegado a un punto que no sirve la mesura. No puede haber ni siquiera empate.