Valls

Manuel Valls sería un buen «fichaje» para la política española

José María Carrascal
Actualizado:

Más que por sus amistades –dime con quien andas…–, se conoce a las personas por sus enemigos, La enemistad revela nuestra parte negativa y, por ser más espontánea que la amistad, donde puede haber siempre intereses, es más reveladora. Y algo tiene que tener Manuel Valls para atraer la enemiga de Podemos, Izquierda Unida, los nacionalistas e incluso el PSOE, pese a ser partido filial al suyo, para que le critiquen tan duramente. Lo que tiene lo sabemos todos: una visión más amplia de la problemática actual que todos ellos, un conocimiento de Europa mucho más a fondo, dominador de idiomas y, lo más importante, una experiencia personal de los males que aquejan a la izquierda en general y al partido socialista en particular. Títulos todos ellos suficientes para que cualquier formación política española estuviera interesada en atraerle a sus filas, incluido el Partido Popular. A lo que podría añadirse lo más profundo y precioso de él: su legado familiar. Aunque su padre no fue un exilado político, sino artístico (marchó a París a finales de los años 40, como tantos otros pintores españoles, cuando era la capital del mundo de la pintura, en busca de inspiración y proyección mundial), no volvió a España, al estar firmemente arraigado a la Europa de la posguerra. Y me habrán oído decir más de una vez que uno de los mayores fallos de nuestra Transición fue no haber aprovechado la experiencia de los exilados en la traída de la democracia a España. Basta leer lo que escribieron Azaña, Prieto y otros tantos sobre los errores y horrores vividos, para darse cuenta de que nadie había aprendido mejor la lección. Pude comprobarlo en mis contactos con ellos durante mis años de corresponsal. Es verdad que la mayoría había muerto en 1975, pero quedaban algunos, valiosos la inmensa mayoría, por la sabiduría política que acumulaban. Sin embargo, se les dejó a un lado a las primeras de cambio, prefiriéndose a las nuevas generaciones que, por no haber vivido nunca en democracia, apenas tenían idea de lo que realmente es. Para hablar con un ejemplo: Cataluña no hubiera tomado la deriva que tomó, si al frente de la Generalitat hubiese seguido Tarradellas, en vez de hacerse cargo de la misma Jordi Pujol, que lo primero que hizo fue procurar que no hablara.

Manuel Valls sería, por tanto, un buen «fichaje» para la política española. Su único problema es que «sería demasiado bueno», quiero decir que no está imbuido en la atmósfera cainita que reina en ella. Como estamos comprobando, la Guerra Civil no ha acabado del todo en España. El revanchismo sigue moviendo a buena parte de la izquierda y no me extrañaría que, en cuanto Valls saltara a la palestra, se le acusara de «facha». Mientras la derecha tradicional no aceptaría que un franchute, exsocialista por más señas, venga a darnos lecciones de nada. El tiroteo desde ambos frentes ya ha empezado. Con fuego real. Aquí no se admiten otros fichajes foráneos que los de futbolistas y exmontoneros. Así nos va.

José María CarrascalJosé María CarrascalArticulista de OpiniónJosé María Carrascal