Isabel San Sebastián - El contrapuntoSeguir

¿Quo vadis, Pedro Sánchez? Isabel San Sebastián

La política española ha dejado de pensar en el interés general para centrarse en el personal de unos cuantos «iniciados»

Pedro Sánchez necesita escuchar una voz que le haga caerse del caballo para comprender que huir hacia adelante a ciegas, sin una meta alcanzable o un propósito factible, no resuelve cosa alguna. Solo priva de la necesaria perspectiva al fugitivo y nos hace perder a todos un tiemoo precioso.

Sánchez debería escuchar; esto es, prestar atención a lo que oye, porque las voces de alerta se multiplican a su alrededor. Los referentes pasados y presentes del socialismo, desde Felipe González a Guillermo Fernández Vara, sin olvidar a Susana Díaz, Alfredo Pérez Rubalcaba e incluso José Luis Rodríguez Zapatero, han subrayado algo tan obvio como que con 85 diputados no se puede gobernar, máxime cuando el ganador en las urnas te aventaja en 52 escaños. La regla no escrita de nuestra democracia siempre dio por sentado que la fuerza más votada era la que debía formar gobierno, por mucho que el sistema parlamentario hiciese posibles otras fórmulas basadas en alianzas antinaturales, como la que incluye en la receta a grupos separatistas lanzados al monte de la secesión unilateral o la que se obstina en plantear el secretario general del PSOE sabiendo que Podemos y Ciudadanos son elementos mutuamente refractarios. Incluso los medios de comunicación tradicionalmente afines a las huestes del puño y la rosa le animan a abandonar el bloqueo y hacer valer su abstención obteniendo contrapartidas. Por si todo ello no bastara, las encuestas auguran a sus siglas un verdadero hundimiento en el País Vasco sumado a un descalabro notable en Galicia, probablemente imputables a su deficiente gestión de esta interminable crisis política antes que a los candidatos cuyos nombres encabezan esas listas. Considerando todo lo cual... ¿Quo vadis, Pedro Sánchez? ¿Dónde vas y a dónde pretendes llevarnos?

Al igual que su histórico homónimo, Pedro se limita a huir. Aquél quería dejar atrás las persecuciones desatadas contra los cristianos en Roma. Éste se empeña en ignorar sus sucesivas derrotas. El apóstol comprendió que eludía vergonzosamente su responsabilidad y regresó, consciente del peligro al que se enfrentaba. El líder de los socialistas no se atreve. Teme ser defenestrado por sus compañeros en el congreso que tendrá lugar en cuanto se aclare el horizonte electoral, y pasar del infinito al cero. Regresar a sus clases en la universidad después de haber tocado la Moncloa con los dedos. Ver marchar ante sus ojos un tren que no regresará. Por eso se aferra al discurso del «cambio» cuando nada hay menos novedoso en España que un Ejecutivo socialista: tres legislaturas de González y dos de ZP. Por eso apela a la presunta superioridad moral de la izquierda cuando la Fiscalía acaba de imputar a dos ex presidentes de la Junta de Andalucía, bastión socialista por excelencia, un caso de corrupción sistémica que ha arrastrado al sumidero del clientelismo casi mil millones de euros procedentes de nuestros bolsillos. Por eso se ha convertido en el perro del hortelano, que ni come ni deja comer, a riesgo de oblgarnos a celebrar unas terceras elecciones.

En el sanedrín del PP la mayoría confía en que, pasado el 25-S, dará su brazo a torcer. Yo no soy tan optimista, salvo que alguien se lo tuerza. De un tiempo a esta parte la política española ha dejado de pensar en el interés general para centrarse en el personal de unos cuantos «iniciados». Básicamente los líderes y sus guardias pretorianas. Los demás estamos aquí para pagarles la fiesta y, en casos como el derivado de esta situación absurda, pechar con los platos rotos.

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