Varios manifestantes sujetan una bandera española de gran tamaño
Varios manifestantes sujetan una bandera española de gran tamaño - REUTERS
EDITORIAL

Por la unidad de España

España no puede ser humillada por un nacionalismo traidor y desleal. Rajoy y su Gobierno nunca estarán solos en #la defensa del Estado constitucional

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EL 1-O amanecerá hoy envuelto en todas las incertidumbres posibles. A pesar de las decisiones judiciales, la intervención activa del Ministerio Fiscal, el despliegue de cientos de agentes de la Policía Nacional y de la Guardia Civil y de las innumerables y continuas advertencias del presidente del Gobierno de que no habrá referéndum, hoy es un día en el que la democracia española contiene la respiración. El separatismo catalán ha ejecutado paso a paso toda aquella hoja de ruta que muchos pensaron que nunca se atrevería a llevar a cabo. Un recuerdo idealizado de la moderación catalana, de su burguesía culta y de su empresariado emprendedor, animó a creer que esta crisis se quedaría en un amago sin golpe. Al final, el separatismo ha golpeado porque Cataluña ha sido despojada de la educación política y social que evita que las sociedades modernas y democráticas caigan en la demencia extremista. Privada de filtros contra la radicalización, de Cataluña han desaparecido los pilares de toda sociedad sanamente democrática: una opinión pública no manipulada, una clase media dominante y un liderazgo político acorde con los tiempos. Es el gobierno de la mentira.

El proceso separatista ha puesto a Cataluña bajo la dictadura de un grupo de extremistas, el de la CUP, que representa la prehistoria de las ideologías y ha anulado sus fuerzas sociales de moderación con la coacción del silencio. Nada ha sido al azar. El nacionalismo catalán burgués aprobó en 2006 un Estatuto que entregaba la sociedad catalana a la izquierda a cambio de su apoyo a un proceso separatista. El Tribunal Constitucional no hizo otra cosa que poner en evidencia las contradicciones de aquel texto estatutario, pero no provocó ninguna reacción separatista, porque esta estaba incubada en la ruptura del consenso constitucional promovida por gobiernos anteriores que pactaron con los nacionalismos más radicales.

Pase lo que pase hoy, el Gobierno de Mariano Rajoy no puede dar por concluida la crisis sólo por el hecho de que no haya una votación organizada y planificada por todo el territorio catalán. El 1-O ha sido sólo la pantalla de una estrategia de mucho mayor calado, cuyo objetivo era la polarización de la sociedad catalana, el destierro interno de los no nacionalistas, el debilitamiento del Estado en Cataluña y la demostración de una contumacia separatista con la que no se contaba.

Los dirigentes nacionalistas se justificarán con cualquiera que sea el resultado. Les importan los éxitos que han obtenido con el control de las instituciones autonómicas, la sumisión de la opinión pública a través de los medios de comunicación catalanes y el monopolio de la movilización callejera. Esto mismo hace heroico el comportamiento de los miles de catalanes que, huérfanos de liderazgo político, salieron ayer a las calles de Barcelona -con todo en contra- y de buena parte de las grandes ciudades españolas a defender la unidad nacional. El independentismo y sus tontos útiles en la izquierda española querrán apurar al máximo el chantaje moral al Gobierno con el coste que pueda tener el uso de la violencia legítima. Ya se ha demostrado que la contención y la proporcionalidad han servido para poner a las instituciones del Estado siempre por detrás de los acontecimientos. Hoy no debe pasar esto.

Si el compromiso del Gobierno es que no habrá referéndum, hay que exigir su cumplimiento al pie de la letra. Cuando se dice que hay que estar a la altura de las circunstancias los malos políticos rebajan el problema, porque no son capaces de afrontarlo en su verdadera dimensión. Hoy es un día para demostrar que en España hay un Estado dispuesto a no dejar de serlo, porque lo que le toca defender está por encima de contingencias coyunturales. Es la continuidad misma de España como Estado constitucional, porque un Estado sólo existe en la medida en que es capaz de garantizar la aplicación de la ley en todo su territorio nacional.

España es una nación que no puede ser humillada por un nacionalismo traidor y desleal. Rajoy y su Gobierno nunca estarán solos en la aplicación de la ley y en la defensa de la unidad nacional. Hoy es uno de esos días que acaban midiendo la fortaleza real de un Estado. Por todo ello, y fiel a sus centenarias señas de identidad, ABC reitera hoy con orgullo su firme compromiso con la unidad de España. Porque nada hay por encima de la Ley, la democracia y la libertad.