David GistauSeguir

Turistas David Gistau

En el conglomerado independentista, hablamos de una gente que tiene por sofisticado a Junqueras

Los ataques a turistas forman parte, en paroxismo violento, de la nostalgia nacionalista de una era tribal e incomunicada, purísima en lo identitario, sagrada de montañas y bostas, hostil con todo viajero que provenga de algún valle colindante puesto que seguro que viene a embarazar a nuestras mozas y a embrujarnos con yuyús extraños. En el País Vasco esto provocó, además de asesinatos, hasta un recelo del tren rápido que no se había visto desde los sioux. Concedo valor literario a la posibilidad de que los turistas, según entran en España, se sientan como el Marlow de Conrad en aquel río donde resonaban los tam-tam y cuya ribera estaba decorada con calaveras clavadas en estacas. Ello, a poco que un promotor avispado se diera cuenta, podría sacar la aventura de los parques temáticos y recuperar el sabor bárbaro que tanto sedujo a los viajeros románticos del XIX: sombrero salacot para fotografiar a la tribu Arran corriendo grave riesgo de acabar en su marmita caníbal y con sus sacerdotisas que se dejan fluir por el muslo la sangre menstrual. Que no todo va a ser sangría y corridas de toros de fogueo.

Lo curioso es que, sin llegar a tirarles bengalas, todos hemos sentido un gran desprecio snob por los turistas que en realidad lo era por nosotros mismos, por aquello en lo que las posibilidades del "low-cost" nos ha convertido. Como en Sartre, turista siempre lo es el Otro. O con eso procuramos autoengañarnos desde que Bowles estableció las categorías de turista y viajero. Aquí, en el valle edénico donde escribo estos renglones, y donde las legiones de Augusto ya sufrieron lo suyo por culpa de la hostilidad al turista, siempre podemos acreditarnos como veraneantes habituales, que da mayor sentido de pertenencia y por lo tanto salva de pasar por turista. Pero hay ciudades en las que resulta difícil mirar con desdén los pelotones erizados de paloselfis sin que un mínimo de honestidad intelectual obligue a uno a confesarse también un puñetero turista que se hará una puñetera fotografía delante de la escalinata de la plaza de España, como todos los demás. Y que luego irá al Harry’s Bar de Via Veneto a asombrarse con los precios del negroni. Sólo faltaría que en ese instante encima apareciera una Anna Gabriel gritando cosas.

Me están entrando ganas de que Cataluña consiga la independencia sólo para contemplar el maravilloso experimento sociológico que sería una nación concebida y construida por la CUP. Una cosa como la isla del señor de las moscas de William Golding, con adoraciones paganas a cabezas de cerdo y todo, con una higiénica liquidación previa de todo elemento burgués añadida a la cacería de turistas. De qué forma espléndida se confirmaría entonces el tópico político de que, a veces, Frankenstein devora a su propio creador. En el conglomerado independentista, hablamos de una gente que tiene por sofisticado a Junqueras, aquel al que Évole llevó a Sevilla para que se fascinara con el misterio como si toda la noche antes de llegar hubiera oído pasar pájaros.

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