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Tirano Banderas Luis Ventoso

Comunismo, dictadura y nacionalismo, la fórmula de la miseria

Luis Ventoso - Actualizado: Guardado en:

Láncara, hoy con menos de 3.000 vecinos, se asienta en las sierras verdes y frescas de Lugo, 24 kilómetros al sureste de la capital de la provincia. Es un paraíso natural, con el milagro de ríos limpios y umbrías fragas de carballos, castiñeiros y abedules. Pero imagínense nacer allí en 1875. Solo te quedaba una vida campesina, no demasiado alejada de la del neolítico, y poco más. Ángel María Castro Argiz nació en una casucha de piedra de Láncara, casi una cuadra, y creció como un montañés inquieto y ducho con el naipe. A los 18 combatió en la guerra de Cuba, en el lugar de un mozo rico que le pagó por suplirlo. De regreso a España probó de panadero en Madrid, volvió a Láncara, donde se encontró con que su novia de antes de enrolarse lo había plantado por otro... No acababa de encontrar su lugar, así que se embarcó en La Coruña, en uno de aquellos vapores hacinados del tremebundo éxodo gallego -una proeza que todavía está pendiente de su gran novela- y retornó a Cuba, verde como Galicia, pero con el clima y la fecundidad del edén.

Ángel comenzó a moverse, picoteando oficios aquí y allá y sirviéndose también de sus habilidades de tahúr. Trabajó en contratas de tala de madera para United Fruit, la colosal multinacional estadounidense, comerció con gallos de pelea. Acabó haciendo un dinero y empezó a comprar tierras en Birán, al Este de la isla. Aquel gallego rudo, taimado y listo como el aire acabó convertido en un terrateniente, dueño de 11.000 hectáreas. Todo esto sucedía en tiempos políticos revueltos, a veces con auténticas bestias pardas en el poder, como el «Tiburón» Gómez o el general Machado, que vulneraban las libertades de manera hórrida, pero que al menos dejaban un resquicio de apertura económica, donde un paria brillante y estajanovista podía a veces prosperar. El sueño de ir a más todavía era posible.

Ángel Castro tuvo cinco hijos con su primer mujer, la maestra María Luisa. Un día entró a trabajar a la hacienda una cocinera de 19 años, Lina. El emigrante de Láncara sucumbió a la piel tersa. Todavía casado tuvo hijos extra matrimoniales con la chica. Luego murió la maestra y Ángel y Lina se casaron y completaron juntos una prole de siete vástagos.

Uno de los frutos del escarceo adúltero se llamó Fidel. El hacendado pudo pagarle una buena educación con los jesuitas españoles y hasta comenzó derecho en la universidad. Andando los años, Fidel siguió los pasos de su padre, de quien heredó picardía, tesón e inteligencia. Él también se hizo hacendado, pero su finca fue toda la isla. Vestido de verde oliva y manu militari, instauró el comunismo, filosofía que no entiende el corazón del ser humano, mutila su afán natural de emulación y acaba convirtiéndose en un frustrante reparto de miseria. Marxismo, dictadura y propaganda nacionalista de sol a sol para justificar la reprensión. Solo los regalos a fondo perdido de la URSS y el chavismo y un clima donde no hace falta calefacción explican la asombrosa perduración del viejo Tirano Banderas y su satrapía familiar y extractiva. Juncker, el jefe la UE, elogia al estadista fallecido. Pobres cubanos. Y pobre Europa.

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