La tiranía de la debilidad

Cary Grant sostenía en «Indiscreta» que los hombres son los verdaderos románticos

Rosa Belmonte
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Hay un tipo al que la prensa llama el estafador del amor. Pero qué demonios, el amor ya es una estafa. Lo del niñato es redundancia. Albert Cavallé, también conocido como Tito, Mike y Kyle, está acusado de haber engañado a más de veinte mujeres, pero se cree que serán más. Mujeres a las que ha sacado la pasta. Eso es lo importante, no el amor. El juicio de ayer en Hospitalet era por haber estafado a una 3.000 euros (le hizo firmar un préstamo para comprar teléfonos). Las enamora, las usa (y ellas lo usan a él), las esquilma de alguna manera y desaparece. Un día llega ese momento en que no suena el teléfono y sabes que es él. Pero una cosa es el desamor y otra que te roben. A este señor le gustan las mujeres limpias aunque sean feas. Pero sobre todo les gusta limpiarlas. Como diría la cerdita Peggy, sólo el tiempo puede curar un corazón destrozado, al igual que sólo el tiempo puede curar sus piernas y brazos partidos.

La exministra Carmen Calvo ha dicho a Daniel Basteiro en una entrevista que «hay que acabar con el estereotipo del amor romántico, que es machismo encubierto». No sé de qué teórica chiflada del hembrismo ha sacado semejante idea. Casi parece sacada de aquella película malísima llamada Abajo el amor que trataba de homenajear muy mal las comedias de Doris Day y Rock Hudson (al lado de Renée Zellweger, Doris Day parece Carole Lombard). Zellwegger era una boba feminista que triunfaba con un libro donde decía a las mujeres que aprovecharan ese tiempo que estaban perdiendo en el amor para tener éxito en la vida. Soy más de hacer caso a Cary Grant en Indiscreta, cuando sostiene que los hombres son los verdaderos románticos, después de haber hecho creer a Ingrid Bergman que estaba casado y su mujer no quería divorciarse. A ella no le importa pero en realidad él estaba más soltero que Emily Dickinson. El amor es, además, un reductor de diferencias sexuales. El enamoramiento (se me ocurre un término más ordinario) ha sido de toda la vida la única forma de dominio que han tenido las mujeres sobre los hombres. Pero mucho más reductor es el dinero. Una mujer con dinero es mejor que una mujer con derechos.

No sé si Melania Trump quiere a su marido. Según ha contado una amiga suya en el Washington Post, Melania Trump no coge la mano a su marido porque es europea y en la vieja Europa no se hacen esas cosas. «No sería ella». Pero el Washington Post no aclara si no le coge la mano después de Stormy Daniels y Karen McDougal o si no ha pasado en una década. Todo el perfil aporta una información tan importante y seria como la de la rivalidad entre Soraya Sáenz de Santamaría y Cospedal. Me siento ofendida y perpleja cuando gente que pretende ser seria dice cosas propias de alegres comadres. De Windsor o de Murcia. Wilde, que a veces es como Arcadi pero con pelliza, creía que «la historia de las mujeres es la historia de la peor tiranía que el mundo había conocido: la tiranía de la debilidad frente a la fuerza». Que era la única tiranía que seguía existiendo. Un pitoniso, Wilde. Ahora sí que la debilidad se ha convertido en fortaleza. Pero antes también. Una mujer no se casa por dinero. Es lo suficientemente lista para enamorarse primero. El Post recordaba que «Free Melania» seguía siendo un meme popular. Germaine Greer, la autora de La mujer eunuco, soltó el otro día en la tele británica que Meghan Markle debería dejar al príncipe Harry antes de ser sepultada por la monotonía de la familia real. Pero las mujeres somos libres para hacer y ser cualquier cosa. También estafadoras del amor.

Rosa BelmonteRosa BelmonteArticulista de OpiniónRosa Belmonte