Hermann Tertsch

De Tintín a Guindos

Tiene razón Valls, la ruptura de España es el fin de Europa

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Fíjense lo lapidario y exacto que ha sido Manuel Valls, el que fuera primer ministro socialista de Francia: «La independencia de Cataluña sería el fin de Europa». No le den más vueltas. Es así. Y no se dejen marear por la grotesca caza de papeletas y urnas, declaraciones, amenazas y pretensiones, patéticas admoniciones del gobierno de Madrid y desafíos macarras de los aprendices de pistoleros del separatismo callejero.

El nacimiento del tintinesco reino del Cetro del Ottokar acabaría en una inmensa tragedia continental con muchas lágrimas y mucha sangre. Como acabó el proceso de anexión hitleriana de Austria y los Sudetes que describía Hergé en sus tiras por entregas en 1938. La farsa actual solo ha sido posible por la debilidad y los complejos de la democracia española y la mediocridad y cobardía de sus gobernantes. Corrompidos por las disfunciones de la Constitución, han alimentado sin cesar y por conveniencia propia a los enemigos del Estado. Aún hoy no quieren derrotarlos.

Valls está en lo cierto. Europa ha entrado ya -las eleciones alemanas lo confirman, las austriacas el día 15-O lo ratificarán- en una era de inestabilidad y quizás definitivo adiós a su proyecto unitario. Surgirán incontables frustraciones, agravios y peligros para la convivencia y la paz. Todo ello sin necesidad de que una de las regiones más mimadas del continente como Cataluña, aupada al tigre maldito del nacionalismo, condene a todos los europeos a un proceso de descomposición e incendio generalizado. Para único beneficio del gran fracasado oriental, Rusia, que fomenta con interés y mucho dinero estos movimientos, también el catalán, para hacer fracasar a la fuente de su eterno agravio, Europa.

Si un movimiento sedicioso encabezado por Puigdemont logra por medio de una rebelión romper un Estado Nación como España y arrebatarle una parte de su territorio, nadie en Europa estará ya seguro. La legalidad y los estados nacionales podrían empezar a disolverse como azucarillos. La paz sería de nuevo imposible. El mito de la separación pacífica con el que los separatistas han engañado a los catalanes ya se ha resquebrajado. Ahora la única posibilidad de los enemigos de España está precisamente en el comienzo de un proceso general de desintegración política y social.

Que haga de la destrucción de España uno de sus primeros capítulos. Por eso el pulso del referéndum es mera carnaza para el macarrismo callejero revolucionario. Salvo que se les vaya de las manos y algunos tengan la primera sangre que buscan. Lo que quieren los golpistas es sobrevivir en impunidad y con más poder económico. A partir del 2 de octubre el Gobierno de España se convierte en otro peligro para la unidad de España. Con su miedo al conflicto y su búsqueda de armonía por la concesión y la obsequiosidad vergonzosa.

Como las ofertas de Luis de Guindos a tres días del mayor desafío a España desde la Guerra Civil. Si el Gobierno cediera y no castigara la sedición, la ruptura de España sería un hecho en pocos años. Porque el colapso de la autoridad precedería a la independencia. Rajoy parecería recomendar el golpismo como forma de presentar demandas. Para evitarlo es necesario otro golpe distinto, el golpe de timón a la nación que tantos españoles creen ya inaplazable. Por desgracia, no parece que hoy tengamos a nadie a la altura del momento histórico.

En la Casa Blanca, ante cientos de periodistas, el presidente tuvo la ocasión de su vida de proclamar al mundo la vitalidad, historia y proyección de una nación antigua y unida como España cuya grandeza y épica tan bien se puede entender en EE.UU. Solo acertó a decir que no había referéndum porque todo es un lío y «no había papeletas».