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Sin humanidad Luis Ventoso

El final de Rita Barberá resume varios problemas españoles

Luis Ventoso - Actualizado: Guardado en:

Cuando en una conversación se comenzaba a despellejar a alguien, mi abuelo y mi padre siempre mascullaban: «Bueno, todos tenemos un pelo en la nariz…». Cuánto sabían aquellos dos marineros del Gran Sol. Cualquiera que no sea un zoquete aprende rápido que la vida no es en blanco y negro, impera la gama de grises. Lo normal es que en la misma existencia seamos buenos y malos. Un criminal puede destaparse con un gesto heroico. Una persona recta puede enfangar su biografía en un minuto. El triunfo del catolicismo radica en que entiende esa falibilidad del ser humano y le ofrece -siempre- la posibilidad del perdón.

Pero en España se lleva el tiro al pichón, el desprecio encolerizado a la presunción de inocencia. También nos gusta entronizar y adular a tecnócratas que jamás han rascado pelota en las urnas. Sin embargo los políticos realmente valiosos son los que viven un largo idilio con los votantes, porque en contra de lo que creen los nuevos déspotas ilustrados, el voto libre del pueblo suele refrendar una buena labor. Rita Barberá conquistó cinco mayorías absolutas consecutivas y fue alcaldesa 24 años. Como me apunta un amigo valenciano, «la tía arrasaba hasta en barrios perroflautas».

«Cuando yo llegué, en el año del caldo, no había nada. Era una ciudad apática, gris», evocaba ella. El empuje de Barberá ayudó a reinventar Valencia. En unos años se convirtió en una de las urbes más interesantes del Mediterráneo. Rita se metía a sus vecinos en el bolsillo, con su lucha para atraer inversión, su extraversión y su confianza en sí misma. Además era un personaje: el vozarrón, sus perlas, su cardado y las americanas rojas de manga corta. Funcionaria con dos títulos universitarios, conocía también el valor de un taco y de una risotada.

Su muerte ha sido muy triste, pero resultaría poco serio ignorar que también tuvo sus debes: gastó como si la palabra déficit no existiese y falló en el deber de vigilancia de sus colaboradores, sumidos en malas prácticas. En una democracia, la crítica a los aspectos controvertidos de una gestión es imprescindible. Pero en España, siempre tremendista, se nos fue la mano. Parece razonable que su partido la alejase por sus fallos a la hora de controlar a sus ediles, pero fue vergonzosa la falta de humanidad con que la trataron muchos de sus compañeros, como cierta emergente que poco ha demostrado y tanto se cree. Carguillos del PP le torcían la cara si aparecía una cámara.

Imbuida de un integrismo regeneracionista a lo Rivera, la opinión pública la condenó sin esperar sentencia (son muchos los políticos absueltos tras la polvareda inicial). Como siempre, el summum del sectarismo lo alcanzó ayer Iglesias, ordenando salir a su bancada en el minuto de silencio. El partido que perdona grabaciones secretas en reuniones oficiales, becas fraudulentas, asaltos a iglesias, chistes con una mutilada por ETA, cobros hediondos de dictaduras, escaqueos a Hacienda y chanchullos con pisos sociales, no encontró un rescoldo de humanidad para reconocer que Barberá hubo de hacer aportaciones valiosas en sus 24 años de servicio público. Qué miseria moral, Iglesias, solo por chupar un minuto de cámara. Tú, que jabonoso llamas a Otegui «hombre de paz».

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