Opinión

Sánchez toma al PSOE como rehén

Cada paso que da, cada enrocamiento, erosiona más y más al PSOE. A Sánchez, que ya ha fulminado cualquier resquicio de sensatez, le da igual que dimita medio partido. Hablamos del político más irresponsable que se recuerda

Reunión del la Ejecutiva Federal del PSOE
Reunión del la Ejecutiva Federal del PSOE - ÓSCAR DEL POZO
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EL PSOE consumó ayer su virulenta rebelión contra Pedro Sánchez. Diecisiete miembros de su dirección presentaron en bloque su dimisión, lo que unido a los tres puestos vacantes deja en minoría al secretario general, lo desautoriza de forma expresa y le muestra irremisiblemente la puerta de salida. El golpe de mano promovido por los barones críticos con las estrategias y modos de Sánchez debería inhabilitar de facto su pretensión de convocar primarias y un Congreso Federal, y lo mejor es que en las próximas horas una gestora provisional se haga cargo del PSOE hasta que señale fecha para la elección de un nuevo secretario general. Pese a los intentos orgánicos a la desesperada que pueda hacer Sánchez para resistir a toda costa invocando la letra pequeña e interpretable de los estatutos del partido, lo razonable es que la gestora asuma el destino inminente del PSOE y permita cuanto antes una sesión de investidura de Mariano Rajoy, y proceda de inmediato a una refundación del partido. La deriva intransigente y ajena a una política de Estado a que Sánchez ha abocado al PSOE ha convertido ese objetivo en una necesidad imperiosa.

El encarnizamiento en el PSOE ha llegado a un nivel extremo, y revelador de que no se trata de un cisma coyuntural, sino de una guerra en la que no habrá prisioneros, sino víctimas en términos de pérdidas. Sánchez ha empujado a su partido a la ruptura más abrupta y tensa vivida en su historia democrática. Ayer, Felipe González denunció sin tapujos haber sido engañado por Sánchez porque ante él se comprometió a abstenerse en segunda votación para propiciar un Gobierno de Rajoy. Ferraz no lo desmintió y provocó una cadena de reacciones que culminaron con la renuncia de más de media Ejecutiva. García Page exigió a Sánchez que se disculpe, Fernández Vara había amenazado con marcharse del partido, Puig reclamó «consecuencias» para Sánchez, y el grupo parlamentario socialista se ha declarado en rebeldía… El espectáculo es desolador, más si se tiene en cuenta que Sánchez ha estado jugando con la gobernabilidad de España del modo más irresponsable posible.

El hartazgo por sus múltiples errores ha llevado a la mayoría de la dirección de su partido a retirarle los galones. Aunque cada vez es más difícil, aún hay tiempo de salvar al PSOE

Era evidente que, ante la contumacia de Sánchez a presentar su renuncia, no cabía más alternativa que poner coto a sus ambiciones de modo forzado, aunque fuera con una rebelión en toda regla. La decisión de los diecisiete miembros de la Ejecutiva supone la extinción de este órgano de dirección y la pérdida del poder del secretario general. Pero, incluso en el caso de que llegara a resistir el envite amparándose en lagunas jurídicas de los estatutos, el PSOE ha sufrido daños internos irreparables. El cisma es irreversible mientras Sánchez siga al frente, porque, aunque quisiera imponer la formación de un Gobierno con Podemos y los partidos separatistas, se ha llegado a tal punto de insumisión que muchos diputados de su grupo parlamentario se negarían a votar una investidura en esas condiciones. Sería saltarse a la torera mandatos expresos y contundentes de su Comité Federal.

Sánchez se ha quedado en una soledad sin solución, aunque arguya tener con él a la mitad del partido y se empeñe en forzar de modo desesperado una consulta a la militancia con un congreso federal. En principio, es un dato objetivo que Sánchez deja de tener capacidad de decisión en el PSOE porque le han sido retirados los galones de forma inopinada y clara. Sencillamente, el hartazgo por sus múltiples errores ha llevado al PSOE a emprender una estrategia de pura supervivencia, ante la que, vista la lamentable intervención de su secretario de Organización a media tarde de ayer, el líder demediado vuelve a enrocarse.

Es legítimo que Sánchez se reivindique, y es legítimo que reclamase una sola voz e invocase la democracia interna como argumento para avalar sus decisiones. Ahora ya tiene el dictamen de esa «democracia interna». La prioridad será la pacificación del partido y su refundación como modelo de una socialdemocracia moderada, pragmática y solvente. No como hasta ahora, que su afán por imitar y subordinarse a Podemos ha dado con sus huesos en una tumba electoral. Los barones críticos habían advertido de que se negarían a ser albaceas de sus desmanes o sumisos subalternos de una estrategia suicida. Sánchez ya conoce las consecuencias. No debería hacer más difícil lo inevitable.

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