Isabel San SebastiánSeguir

Salvar al socialismo español Isabel San Sebastián

EL Partido Socialista, antaño Obrero y Español, ha dejado de albergar dos almas para adentrarse en la guerra civil. A un lado de la trinchera se sitúan las huestes herederas de lo que en su día dio en llamarse «felipismo» y llegó a tener en su poder no sólo el gobierno nacional, sino la mayor parte de los autonómicos y municipales, además de acrecentar la influencia de nuestro país en Europa e Iberoamérica. Al otro, forma la tropa creada por Zapatero durante sus dos mandatos de «Nación discutida y discutible», «memoria histórica» empeñada en reabrir viejas heridas, alineamiento internacional con regímenes bolivarianos y negociación política de tú a tú con ETA. Una tropa encabezada después por el defenestrado Pedro Sánchez, elegido paradójicamente gracias al apoyo del ala más sensata del PSOE para enderezar el rumbo de la formación, que acabó saliendo rana al sucumbir a un ataque de «ambicionitis» aguda muy propio de quien llega demasiado alto demasiado rápido, sin la mínima preparación necesaria para asumir las responsabilidades del cargo.

El PSOE se desangra en las encuestas, víctima de esa lucha fratricida, a la vez que manifiesta los síntomas característicos de la descomposición interna en forma de indisciplina seguida de las correspondientes purgas. Los díscolos que se rebelaron a la abstención en la investidura de Rajoy, decidida por el Comité Federal, han empezado a pagarlo con la pérdida de portavocías, sobresueldos y demás prebendas parlamentarias, porque nuestro sistema electoral otorga a los partidos plena potestad en la confección de las listas y quienes forman parte de ellas saben, o deberían saber, de quién depende su suerte. El próximo paso que cabe aventurar será el divorcio, amistoso o no, entre PSOE y PSC. La cuota catalana en el sanedrín de Ferraz es consciente de que sus días están contados desde que Susana Díaz, cuya candidatura para liderar las siglas del puño y la rosa parece cercana a oficializarse, apuntó que no vale desmarcarse del destino común cuando interesa, conservando, eso sí, voz, voto y representación en los órganos de dirección nacionales. Vamos, que no se puede estar en la procesión y repicando, al pan y a las tajadas, influyendo de manera determinante en las decisiones de Madrid sin dejar que Madrid meta baza en las de Barcelona. ¡Ya estaban tardando! Habida cuenta de la deriva registrada en los últimos años por el socialismo catalán y el andaluz, de la evolución de sus respectivos resultados en las urnas, parece claro que al partido le conviene más seguir la senda «susanista» que la del bailón Iceta. Y a España, desde luego, también. Nada serviría mejor a los intereses de uno y otra que la separación definitiva de las dos formaciones y la recuperación por parte del PSOE de ese espacio de la izquierda en Cataluña hoy okupado, con k, por los defensores del derecho de autodeterminación eufemísticamente denominado «a decidir».

Claro que, siendo importante, esa maniobra no bastaría para devolver a la socialdemocracia española las señas de identidad perdidas. Para conseguir ese fin, el Partido Socialista debería romper cuanto antes los pactos que mantiene con la extrema izquierda de Podemos cuya vocación declarada es robarle el electorado, desplazarlo como alternativa y contagiar su programa de la demagogia populista sobre la que han armado ellos su discurso de odio y ruptura. En otras palabras; fagocitarlo como han hecho con la difunta Izquierda Unida. Y puesto que la consecución de ese propósito sería devastadora para la salud de nuestra democracia, el PP haría bien proporcionando un poco de oxígeno a la bancada que tiene enfrente. Por ejemplo, evitándole la humillación de ver a Fernández Díaz presidir la Comisión de Exteriores.

Patriotismo obliga.

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