Ignacio Camacho - UNA RAYA EN EL AGUASeguir

Sálvame político Ignacio Camacho

La desmañada ejecución de Sánchez ha desollado al PSOE, neutralizándolo como agente público de confianza

Ignacio Camacho - Actualizado: Guardado en:

Ha resistido como los villanos de las malas películas, que para morir necesitan veinte tiros y cien puñaladas y aún agonizan mascullando maldiciones. Ni siquiera está claro que no intente «resucitar» a la vuelta de unas primarias, apoyado por los militantes a los que ha galvanizado con su discurso de anatema contra la derecha. Ha perdido tras provocar una trifulca corralera, un espectáculo de vecindonas que deja herido el ya maltrecho prestigio del Partido Socialista. Pero al final ha salido también derrotado de la pugna interna, en la que intentaba enjugar su estigma de fracaso. Eso sí, los conjurados han tenido que sudar sangre para tumbarlo.

La conspiración contra Sánchez ha estado a punto de desembocar en una Operación Walkiria, en un atentado fallido por el carácter chapucero de la ofensiva de los críticos. Estos llegaron esta semana al punto de no retorno; de estrellarse en la intentona habrían acabado, como Stauffemberg, colgados de clavos de carnicero. Sólo que la pelea ha resultado tan feroz, tan dramática, tan cainita, que el que ha quedado para el desolladero ha sido el propio PSOE, abierto en canal por una truculenta lucha fratricida.

Tendrá que pasar mucho tiempo antes de que la socialdemocracia española cicatrice estas heridas. El chusco sainete de ayer en Ferraz, una reyerta de ribetes tragicómicos envueltos en una crispación inflamada, áspera, constituye un auténtico harakiri colectivo perpetrado ante la mirada de una sociedad perpleja. Las horas de programación televisiva van a resultar devastadoras: han convertido el pulso banderizo en un entretenimiento de masas, en un descarnado episodio de «Sálvame» político.

Los rebeldes han logrado, a altísimo coste, descarrilar las aspiraciones presidenciales de un Sánchez decidido a salir del acoso por la puerta de la Moncloa. En ese sentido, al desbaratar por las bravas su plan de acuerdo con Podemos y los soberanistas, han prestado un servicio a la nación librándola de una catástrofe. El líder dimisionario –o destituido– no sólo pretendía podemizar a su partido dinamitando sus estructuras representativas, sino asaltar el Gobierno de la mano de los rupturistas. Pero la tosca estrategia del ataque y su desmañada ejecución les va a pasar a sus promotores una factura muy elevada en términos de desgaste. Tanto como para comprometer su apurado papel de liderazgo en la izquierda.

La avería es crítica porque al fracturarse de un modo tan cruento el partido pierde cualquier atisbo de referencia; no está en condiciones de tomar una decisión de consenso sobre el asunto clave de la gobernabilidad de España. La consecuencia más peligrosa de este proceso cismático es que en estos momentos los socialistas, con una posición parlamentaria y social estratégica, son para muchos españoles una fuerza neutralizada, laminada al menos a corto plazo como agente público de confianza.

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