Se queda, o no

Reflexiones de Rajoy subido por la mañana a la cinta de correr

Mayte Alcaraz
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Mariano Rajoy se levanta a las siete de la mañana. Hasta las ocho menos cuarto, mientras corre en la cinta y antes de ducharse, hace balance de su vida desde aquel verano de 2003 en que Aznar escribiera su nombre en el cuaderno azul. Sorprendentemente ungido por el dedo todopoderoso, tuvo que enfrentarse a unas elecciones-trampa en 2004, 72 horas después del atentado yihadista más grave de la historia de Europa, en las que recibió el castigo electoral que iba dirigido a su mentor. Todavía perdería el tourmalet en 2008, cuando el fuego amigo quiso liquidarle. Su suerte y la escasa munición de los francotiradores le salvaron de una muerte segura. Solo los errores de su adversario socialista, ignorando una crisis feroz, le colocaron al timón de un barco en plena galerna.

La economía naufragaba y por su despacho de La Moncloa pasaron altos gurús de la empresa partidarios de que pidiera el rescate a Europa. Alguna portada pretendidamente seria también lo alentó mientras su torpe política de comunicación le conducía al paroxismo: hormonaba con licencias y dinero público a las televisiones que despachaban sus vísceras en horario de máxima audiencia. Las mismas cadenas que criaron a sus pechos a fuerzas políticas que iban a cargarse el bipartidismo, y estuvieron a punto de llevarse por delante el sistema. Pero ahí siguió Rajoy, sin intervención europea, con la economía relativamente saneada, y sobreviviendo a los borrokas televisivos.

Luego llegaría la factura de la corrupción que la época aznarista le devolvía en cómodos plazos. Su propia connivencia con tesoreros de baja estofa y cuentas en Suiza estuvieron a punto de desollarlo. Pero también sobrevivió. Él mismo cuenta en cenas de amigos que durante su presidencia le ha dimitido todo el mundo, menos él, e «incluido un Rey». Por si fuera poco, el desbarajuste territorial que sus antecesores alimentaron por un puñado de votos nacionalistas en el Congreso, le estalló en forma de la mayor crisis institucional conocida, lo que le obligó a intervenir la Generalitat de Cataluña y a cesar a todo el Gobierno.

Del descrédito de las instituciones supo en su tercer envite electoral. Una desconocida fragmentación política, consecuencia de la crisis, le obligó a pactar con un partido de centro-derecha que siempre consideró «menor» pero al que hoy las encuestas auguran un futuro más prometedor que el suyo. Y por si algo quedara por ocurrirle, logró volver a ser investido con la abstención de su principal rival político, al que la disyuntiva abrió en canal.

Por eso, mientras corría en la cinta, y con 35 años de vida política (la más longeva de la democracia española) pensó que después de matar a su padre Aznar, o dejarlo malherido reducido a un pepito grillo alimento de tertulias; viendo que la guerra Soraya-Cospedal tiene la estatura de una disputa de patio de colegio; con el temor de que el desembarco de Núñez-Feijóo abra heridas en Galicia y en Génova; y tras constatar que Rivera se cree el epígono de Emmanuel Macron, lo de irse y despachar tantas vanidades era «un lío». Así que se queda. O no.

Mayte AlcarazMayte AlcarazArticulista de OpiniónMayte Alcaraz