LLUVIA ÁCIDA

Puchi «ad portas»

Si a Puigdemont no es posible controlarlo con profesionalidad, no quiero ni pensar qué ocurrirá el día que haya que mantener a Putin al otro lado de la frontera

David Gistau
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El Gobierno está logrando que veamos a Puigdemont como un taimado supervillano capaz él solo de desquiciar a una potencia europea y a sus servicios de información. Semejante marcaje al hombre no se veía desde que a Maradona tuvieron que extirparle a Gentile después de su partido en el Mundial’82. El episodio del Consejo de Estado, que afeó una contradicción del Gobierno con su propia opinión expresada veinticuatro horas antes, revela unas improvisaciones debidas al nerviosismo y a la escasa confianza en unos servicios cuya imagen salió malparada de aquel falso referéndum del 1-O del cual el Gobierno decía que no se estaba celebrando mientras los colegios electorales estaban llenos de personas que agitaban las papeletas como restregándoselas al Estado.

Cuesta creer que la sola posibilidad de que Puigdemont entre en el país clandestinamente y se infiltre en el parlamento de Ciudadela, ya sea en el maletero de un coche, mediante salto en paracaídas o disfrazado como Mortadelo, mantenga alterados a funcionarios del poder que ya tienen mucha mili hecha en Moncloa y de los que no se puede decir que se estén midiendo precisamente con Moriarty o Lex Luthor. Si a Puigdemont no es posible controlarlo con profesionalidad y serenidad, sin aspavientos y sin espectáculos autolesivos como el de la vicepresidenta el pasado jueves, no quiero ni pensar qué ocurrirá el día que haya que mantener, qué sé yo, a Putin al otro lado de la frontera. O al PSG. Tampoco resulta edificante que el mismo gobierno que se arrogó el paladinazgo del 78 ordene a sus terminales mediáticas la destrucción del prestigio de las instituciones del 78 cada vez que éstas suponen un obstáculo a una voluntad política o se ponen aguafiestas con esas pequeñas minucias, las garantías, sin las cuales no se entiende la separación de poderes con la que a los políticos se les llena la boca mientras hacen todo lo posible por agredirla en las profundidades conspirativas.

Por otra parte, y ya que el dichoso «prusès» parece dispuesto a languidecer en el registro de la comedia bufa, creo que el relato que en el futuro hagan los historiadores se merece un argumento tan delirante como el de un presidente de la Generalidad acogido a sagrado en el palacio de Ciudadela, como en el patio de los Naranjos los malevos de Cervantes, pero enclaustrado como un nuevo Assange que de noche vagara en batín por el hemiciclo, como un fantasma. Como alegoría terminal del independentismo, la imagen sería tan poderosa como la del pianista en un transatlántico de «Novecento» que se negó a abandonar el barco cuando éste fue enviado al desguace y se extinguió con él. La Ciudadela, bajel fantasma del Puchi errante, el falso supervillano que sólo con decir «¡Bu!» consigue que en Moncloa las vicepresidentas se deslicen por la barra como bomberos con más miedo que el que daba Aníbal «ad portas». Qué montura de gafas más «eighty», por cierto.

David GistauDavid GistauArticulista de OpiniónDavid Gistau