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Al menos, el PP tiene ya algo con lo que el PSOE no puede ni soñar: un esbozo de porvenir, un tierra a la vista

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David Gistau - Actualizado: Guardado en:

Será difícil que en los bares se pongan de acuerdo acerca de si Rajoy ganó en Galicia por delegación –si hasta la victoria de Cameron fue un logro marianista, con más motivo la de Feijóo– o si el presidente gallego triunfó en parte por haber sabido disociarse de unas siglas que aún pitan en los detectores de hurtos de los grandes almacenes. Aporto un dato: cien mil votantes de los obtenidos en Galicia por Ciudadanos durante las generales han regresado al PP en las locales, como si hubieran decidido eximir a Feijóo de un castigo que ven adecuado aplicar a Rajoy y a la nave nodriza de Génova. Ciudadanos, un partido que fuera de Cataluña vive en gran medida de atraerse a los resentidos con el PP de Rajoy, allí donde gobierna Feijóo no existe.

Esto abunda en la idea de que el electorado del PP enfurruñado con sus siglas está deseando reconciliarse con ellas, pero no con Rajoy. El día que Rajoy se marche, con él se irán también las consecuencias de los desmanes de sus contemporáneos y amigos, ante los cuales está bloqueado hasta por impedimentos afectivos. La generación siguiente, que este fin de semana ha terminado de encontrar un hacedor cuyo principal enemigo será a partir de ahora el SCCFVG (Servicio de Confección de Carpetas y Filtración de la Vicepresidencia del Gobierno), se despojará así de un peso abrumador y tendrá la oportunidad de poner el contador a cero, cosa que no puede hacer un político que siempre estuvo ahí. Al menos, el PP tiene ya algo con lo que el PSOE no puede ni soñar: un esbozo de porvenir, un tierra a la vista.

Feijóo es como un lince en Doñana: el ejemplar de una especie declarada extinguida, la del político capaz de ganar por mayoría absoluta. Esto no sólo rompe la profecía de que ya nadie volvería jamás a gobernar por mayoría, sino sólo mediante la orfebrería de acuerdos. Sino que aviva cierta nostalgia de los tiempos en que los electores se iban a la cama después de votar sabiendo quién iba a gobernar y disponiendo de ciertas certezas que conferían apoyos psicológicos estables a sus existencias. Todo aquello con lo que barrió la nueva política, ese ciclo experimental que agitó las convenciones, destruyó los cimientos, pero no construyó nada alternativo, sino que nos abocó a una precariedad crónica que parece un Gran Premio de F1 eternamente repetido en el cual los coches siempre chocan los unos contra los otros en la misma parrilla de salida. Feijóo trae el recuerdo de cuán sencillo era todo cuando los políticos ganaban y perdían en el mismo escrutinio electoral y no se quedaban varados en un infinito tercer tiempo disputado en los cenáculos y en la clandestinidad de los susurros. Es probable que el PP sea el primer partido preparado para entrar en el día siguiente del día siguiente del bipartidismo. En la izquierda ha de librarse un combate para saber cuál de los dos personajes sobrevivirá para encajar en esa bipolaridad recobrada que pronto nacerá del hastío de la gente ante el fracaso de lo experimental.

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