Ignacio Ruiz QuintanoSeguir

El pisín Ignacio Ruiz Quintano

Como portavoz de la Comisión Anticorrupción de la Asamblea de Madrid, Espinar siempre puede decir que le sacan lo del pisín… ¡por sexismo!

Todo el mundo conoce la respuesta que Camba, alojado por la babucha en el Palace, dio a la comisión que le ofrecía un sillón en la Academia:

-Yo lo que necesito es un piso.

Los podemitas impidieron el otro día al académico Cebrián hablar en la Autónoma y ahora la Ser ha destapado el negocio del joven Espinar con un pisín protegido que no llegó a ocupar. Otro académico avisa al jefe de Espinar de la basurilla del CNI de María Soraya que le puede caer encima como se ponga farruco.

-Hay otra juventud que protesta, sin flores, sin melenas, sin cantar en inglés -escribía Cebrián cuando los «hippies»-. Se acurrucan a veces estos muchachos en las bibliotecas públicas.

Frente de juventudes: la del director más joven de España, coetáneo, por cierto, del alcalde más joven de España, papá de Espinar, el senador más joven de España, que con 23 años y en el paro se echó, sin concurso, un pisín protegido (¡qué cultura tan entrañablemente franquista, ésta que vuelve!) de ciento cincuenta mil eurillos para venderlo y quedarse con la plusvalía, cosa que en América nunca pudo hacer Donald Trump.

-Con lo que ese muchacho tiró de la manta, ¿quién iba a pensar que era para quedarse con ella?

Como portavoz de la Comisión Anticorrupción de la Asamblea de Madrid, Espinar siempre puede decir que le sacan lo del pisín… ¡por sexismo!, que es la excusa más culta de «Time» en defensa de Hillary por la investigación del FBI. Ya lo dijo Henry Luce, fundador de la revista: los medios deben hacerse totalmente conscientes de la vida cultural de su tiempo. Su lema: «Éste es el siglo estadounidense». Hombre, si de ser conscientes de la vida cultural de nuestro tiempo se trata, casi veo más sexismo en el viaje de Bergoglio a Suecia para hacer la ola de los 500 años de Lutero, después de pasar de largo por Ávila para saludar por los 500 años de Santa Teresa.

Acabo acurrucándome como un muchacho de aquellos en una biblioteca pública y leo: «Hay otra juventud…» Etcétera.

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